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Cocer al imputado a fuego lento

Lo está haciendo Rajoy, pero también lo hizo Felipe González: dejar que el acusado de corrupción se cueza en su propia salsa, y a fuego lento.

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Pedro Antonio Sánchez y Mariano Rajoy, en imagen de archivo | EFE

Hoy es el presidente de Murcia, ayer fueron otros. Son los investigados por casos de corrupción que pelean como gato panza arriba para mantenerse en el cargo. Aunque lo peculiar no es eso. Lo más significativo de muchos de esos casos que han desfilado por los juzgados es el cierre de filas de los partidos en torno a los que se encuentran bajo sospecha. La jerarquía partidaria no se limita a la simple inacción. Ciertamente no los fuerza a tomar la decisión que ellos no quieren tomar. Pero va más allá: es beligerante en su defensa. Proclama urbi et orbi que el imputado es "persona honrada". Pone apasionadamente la mano en el fuego por él. Denuncia crueles e inhumanas "cacerías". Y ataca con toda su artillería a los que reclaman la dimisión.

Ese ciclo se ha repetido en los últimos años, aunque no es exclusivo de este período fértil en corrupción, y suele acabar de la misma forma. Un buen día, el partido retira todas sus líneas defensivas y deja caer al que había protegido tanto. Unas veces le pone una red para amortiguar el trauma, otras no le pone nada. Pero, ponga lo que ponga, el hecho es que entre la defensa a muerte y la retirada transcurren meses y semanas en las que imputado y partido están pagando un precio político por su empeño en resistirse a lo que ambos saben –el partido lo sabe– que es inevitable. Bien, entonces, ¿por qué lo hacen? ¿Por qué no acortar el trance y reducir el precio?

La cuestión es relativamente fácil de responder cuando se trata, como es frecuente, de dirigentes regionales y provinciales. Porque defenestrar a barones y baronesas que tienen el control del partido, se han rodeado de fieles mesnadas y han reforzado ese control y esos vínculos en el ejercicio del poder provoca conflictos y rupturas que la jerarquía prefiere evitar. Cargarse a un jefe local puede poner en pie de guerra a sus leales y, como se ha visto en más de una ocasión, esa pelea puede llevar a deserciones que a su vez conducen a pérdidas de votos. De modo que el partido, en lugar de cortar por lo sano, opta por alargar la agonía.

Lo está haciendo Rajoy, pero también lo hizo Felipe González: dejar que el acusado de corrupción se cueza en su propia salsa, y a fuego lento. No lo cesan, no le presionan para que dimita, lo defienden. Así se libran de trifulcas y complacen al corporativismo de partido, que manda cerrar filas porque hoy por ti y mañana por mí. ¿Que el partido se desprestigia, que las instituciones padecen, que la opinión pública se escandaliza? Todo eso pasará. Importa el aquí y ahora. Y aprovechan, de paso, para hacerse los mártires de persecuciones organizadas por los adversarios.

Hasta que no esté bien cocido, ya sin posible salvación, el imputado seguirá erre que erre, porque está en la olla, sin saberlo. Sin saber, probablemente, que cada encendida defensa que le hacen los dirigentes del partido es un clavo más en su ataúd político. Lo pensé mientras escuchaba las últimas declaraciones de dirigentes del Partido Popular en defensa de Pedro Antonio Sánchez. No sé cuánto le queda para que lo dejen caer, pero no ha de ser mucho. Luego dirán que pasó un calvario. Pero si lo fue, se lo podía haber ahorrado. Sólo tenían que haber hecho, él lo que prometió y la dirección de su partido, lo que debía.

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