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Democracia de feria

Es una lástima que vayan tan sobrados. Porque esa tendencia suya, enraizada en un complejo de superioridad crecido en el desprecio, juega malas pasadas.

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Artur Mas | EFE

Es una lástima que vayan tan sobrados. Porque esa tendencia suya, enraizada en un complejo de superioridad crecido en el desprecio, juega malas pasadas. Mírese, por ejemplo, lo que dijo Artur Mas después de la sentencia que le ha condenado por desobediencia. Era prácticamente inevitable que no aprovechara la gaita escocesa, la del nacionalismo escocés, que acababa de reclamar un segundo referéndum de independencia, a ver si a la segunda sale lo que quiere (y si no a la tercera, y si no a la cuarta, y así el neverendum). Y era inevitable, tratándose de un hombre astuto, que hiciera alguna trampa. "Mientras hoy el TSJC nos condenaba por hacer un proceso participativo, Escocia anunciaba los preparativos para un segundo referéndum de independencia", dijo él. Bueno, los preparativos. Lo que anunció Nicola Sturgeon, la jefa del Gobierno escocés, fue el propósito. Tendrá que negociar.

En cualquier caso, a Mas esa coincidencia, esa conjunción planetaria que diría la clásica, le pareció una "imagen brutal" (sic), que contraponía "una democracia de calidad como la británica con una democracia de feria como la española". Bien. Hasta aquí lo inevitable y lo habitual. La cosa, sin embargo, es que no pudo parar ahí, por eso de ir sobrado, que le pierde, y de perderse pasó a perdonavidas. Tuvo que ponerse en modo prepotente y manifestar "con tristeza" que la democracia española era así de chunga, a pesar de que "durante 40 años hemos intentado ayudar a construir una democracia de calidad". Ellos tan superiores y generosos, y los demás tan zoquetes y cutres. ¡No tenemos remedio!

Cómo seremos los españoles de obtusos que, cual malos parvulitos, no aprendimos absolutamente nada de los grandes maestros en calidad democrática que trataron de inculcarnos el abecé durante la friolera de cuatro décadas. En vano nos impartieron lecciones los nobles y honrados mentores que se reunían en el ágora de la antigua Convergència para construir democracia de la buena. Sí, esos pedagogos de la democracia que están pasando por los juzgados por variopintos casos de corrupción, incluido el que ejerció el magisterio sobre todos ellos: el fundador.

No sólo en Cataluña, donde gobernaron cuanto quisieron, derrocharon estos maestros su sabiduría para hacer de la autonomía una zona cero de la calidad democrática en muchos aspectos. Igualmente aportaron lo suyo a los defectos que presenta la democracia española, arrimando el hombro, por un precio, con los partidos gobernantes en Madrid. Fuese para recortar la independencia del poder judicial, fuera para reducir la autonomía de la Administración, fuera para asegurar la instrumentalización de los medios públicos, ahí estaba la antigua Convergència en el ajo.

Cierto, el nacionalismo catalán lo intentó. Y lo consiguió. Ha contribuido todas estas décadas a moldear la democracia española, a hacerla como es. Su aportación a esa democracia de feria, que nos echa en cara Mas, espor lo tanto notable. Y si, como en toda feria que se precie, hay charlatanes y trileros, y los ha habido y los hay, es de justicia reconocer que también en esos oficios ha dado brillantes ejemplares el partido de Artur Mas. Ese que hoy tiene quince sedes embargadas, si no por la calidad, por la cantidad de su corrupción.

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