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Artur Mas

El chantajista en el Ritz

Uno llega a creer, influido por los tópicos, que el lugar natural del chantajista es algún pisito sórdido, algún sótano destartalado, ubicado en callejuelas que igual podrían ser como la bocacalle de las Ramblas donde Artur Mas tiene su despacho. Por olvidar a Chandler, no imagina uno que la torva figura del extorsionador sea un señor respetable que recibe y es recibido en los salones más elegantes. Sin embargo, así sucede, y no sólo en la novela negra. En política se usan eufemismos. En democracia se admiten las presiones de grupos de interés y grupos de poder. Pero lo que han acogido las refinadas estancias del Ritz, aquello que ha presentado el presidente de la autonomía catalana ante la flor y nata, son los términos de un chantaje. Uno, sí, bien conocido, aunque no por ello ha dejado de surtir efecto.

Los términos, por resumir, fueron estos: o se nos da el concierto fiscal o ya saben. No hace falta explicitar y Mas, naturalmente, no lo hizo. Para qué turbar los oídos de la selecta concurrencia. De formular la amenaza se habían encargado los de la manifa, por lo que no era preciso exponerla allí, en el Ritz, en toda su crudeza. Ese modus operandi queda para el chantajista cutre, el que envía su carta con letras recortadas del periódico. Aquí todo el mundo sabe de qué estamos hablando. O el privilegio fiscal o vamos derechitos a la independencia. Empujados, claro, por el "clamor popular" que representaron, como buenos figurantes, los Cien Mil Hijos de San Jordi Pujol que recorrieron Barcelona.

Es la transacción de siempre, la oferta que no se puede rechazar, la que mantiene a las elites de Madrid en el confort moral del autoengaño. Quieren creer que el nacionalismo moderado, ese señor con corbata de Hermés y buenos modales, es el que impide que las cosas se desmanden. Conviene, pues, tenerlo contento y pagarle el favor como corresponde. A lo largo de treinta años, que ya es tiempo, se han sucedido las cesiones a este o aquel chantaje nacionalista, fuese a cuenta de la política lingüística, de tal y cual transferencia, del Estatuto... en fin, la historia interminable. Nada distinto se ha probado y la cesión no ha alejado el fantasma del fatal desenlace. Al contrario, sólo está más cerca. Lo acaba de presentar Artur Mas en los salones.