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El comedero separatista

Los que han contribuido a pergeñar todo el artificio intelectual, incluido el jurídico, que ha acompañado al golpe han recibido premio. No hay más que verlos.

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EFE

Se critica al separatismo catalán por haber desviado las energías políticas hacia objetivos ajenos y contrarios al bienestar de los ciudadanos. Se insiste en que, por perseguir la quimera de la independencia, los Gobiernos separatistas han desatendido de manera escandalosa los problemas reales de los catalanes. Se dice, más ahora en precampaña, que la obsesión por romper con España ha conducido a relegar todos aquellos asuntos que realmente contribuyen a mejorar la calidad de vida de la gente. Bien. Todo esto es cierto. Pero lo es sólo en parte. Porque hay una parte de la población catalana para la cual esta delirante aventura sí ha supuesto beneficios.

No me refiero a los beneficios de la secesión que prometían para la futura Jauja independiente. No hablo del futuro, sino del pasado y del presente. Hablo de las ventajas que ha aportado el proceso separatista a un número muy considerable de personas. Porque el llamado "procés", tanto por su propósito de crear "estructuras de "Estado" como por su necesidad de crear discurso e intensificar la propaganda, amplió enormemente el ya inmenso comedero que fue montando el nacionalismo catalán en su época pactista y moderada. Sin ese gran pesebre, que sustentó materialmente su hegemonía política, el nacionalismo no hubiera podido dar el salto al golpe separatista.

Es difícil saber cuántos profesionales liberales, académicos, universitarios, periodistas, cineastas, artistas y escritores han podido vivir mejor, en términos de rentas y prestigio, formando parte de la clerecía nacionalista y luego separatista. Pero es indudable que los que han contribuido a pergeñar todo el artificio intelectual, incluido el jurídico, que ha acompañado al golpe han recibido premio. No hay más que verlos. En cambio, aquellos de esos mismos sectores que no han prestado sus servicios a la causa han vivido mucho peor. Han estado, de hecho, condenados a la inexistencia pública. Si acaso, a unos pocos se les dejó que cubrieran en algunos ámbitos, especialmente en los medios, la cuota mínima y justificatoria de disidencia.

Cuando se ve cómo están reaccionando los miembros de esa clerecía separatista al final ridículo del proceso, cómo tratan de encajar las piezas rotas para hilar de nuevo un relato que mantenga viva la llama en los creyentes, se entiende que les va en ello algo más que una causa en la que han realizado una inversión emocional. Lo intentan todo con tal de evitar el reconocimiento del desastre porque su inversión también era una renta. Lo intentarán todo para evitar la derrota electoral del separatismo porque esa derrota pone en riesgo el comedero. Un comedero que ofrece igualmente alimento espiritual: ser alguien. Ser alguien frente al no ser nadie del que se queda fuera, a la intemperie.

A esta gente el cataclismo económico que se ha vislumbrado con la salida de empresas de Cataluña, le trae sin cuidado. No dependen del mercado. No viven del mercado. Viven del mercado del independentismo. Tampoco viven del mercado ni tienen que cooperar con el resto de España los empleados de la Administración Pública catalana, donde el fervor separatista duplica al existente entre los asalariados del sector privado. Y el control político de la Administración, que es un problema en toda España, en Cataluña se ha ejercido con mayor descaro y naturalidad. A fin de cuentas, una causa que implica cometer irregularidades e ilegalidades exige lealtades a prueba de bomba.

Clerecía y funcionarios o empleados públicos no son todo lo que hay en el separatismo. Pero por su prestigio y autoridad han sido claves para arrastrar a otros que no forman en ninguno de esos grupos. Y entre esos otros están los que han obtenido también beneficios, quizá no materiales, pero sí de otro tipo. Son esos ciudadanos que han visto sus pulsiones identitarias excluyentes plenamente reconocidas y justificadas, en lugar de contestadas. Son los que se encontraron con la estupenda noticia de que un supremacismo que hubiera causado horror si se dirigiera contra un Otro que no fueran los otros españoles se elevaba a una causa noble e hiperdemocrática.

A mí me gustaría decir que el separatismo ha perjudicado a todos los ciudadanos de Cataluña. Pero tengo que decir que no es así. Ha beneficiado a una parte de los ciudadanos catalanes. De diferentes formas, pero los ha beneficiado. Por eso no les hacen mella ni los destrozos económicos, ni las mentiras ni el ridículo.

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