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El final de la 'revolución conservadora'

Quizá estamos inaugurando 'nuevas eras' demasiado pronto.

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Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Los nuevos liderazgos en los Estados Unidos y en Gran Bretaña han dado pie a pensar que ha comenzado una nueva era caracterizada por la vuelta del Estado nación, y del Estado a secas, frente a la era de la globalización y el libre mercado que inauguraron, en la década de 1980, dos líderes de las mismas potencias: Reagan y Thatcher. La revolución conservadora que protagonizaron estaría así definitivamente difunta; destruida, de hecho, por los efectos económicos que desató: los que cristalizaron en la gran recesión de 2008, que a su vez engendraría las reacciones políticas de distintos matices populistas que hemos visto en los últimos años a los dos lados del Atlántico.

La victoria de Trump en noviembre y la llegada de May a Downing Street después del referéndum a favor del Brexit confieren sustento a la idea y a la imagen de una nueva pareja que sustituye a la que formaron Reagan y Thatcher. La visión y los proyectos de la actual serían, no obstante, muy diferentes a los de su predecesora. La política económica de Trump que se vislumbra discurre por carriles casi opuestos a los de aquella célebre máxima reaganiana de que el Estado no es parte de la solución, sino parte del problema. Por su lado, la primera ministra británica ha dado señales de que tiene en mente la necesidad de ocuparse de los perdedores de la globalización y de contar con un Estado más protector. Hay quien dice que el de May es el primer Gobierno realmente post-thatcherista del Reino Unido.

Apuntalan esta posible sincronía las coincidencias en los temas que propulsaron tanto el triunfo de Trump como el del Brexit. El Make America great again del primero guarda analogía con las esperanzas que se vincularon a la recuperación de la soberanía nacional frente a la Unión Europea en el referéndum británico. En los dos casos, fue elemento esencial la inquietud por la inmigración, cuando no el rechazo abierto a ella. Y en ambos se apeló a la protección de sectores, como los trabajadores industriales, que habían quedado relegados en la economía globalizada. En suma, el sonido del Brexit y el de Trump se parecen. Por simplificar: en ambos suena el patriotismo económico.

Detrás del Brexit hay, sin embargo, algo más que el patrioterismo que fue visible durante la campaña. Algo más que la nostalgia por una nación plenamente soberana que no tenga que sufrir las injerencias del club europeo. Y es que la ruptura con la Unión Europea no sólo fue impulsada por patrioteros nostálgicos y por quienes reclaman mayor protección del Estado para los nativos. Lo fue también –y ello desde el propio Partido Conservador– por quienes piensan que la UE, lejos de favorecer el libre mercado, lo limita.

Tony Blair, en el discurso que pronunció hace dos semanas para oponerse al "Brexit a cualquier precio" y abrir un debate que muchos quieren cerrado, llamaba a ese grupo los ideólogos. Blair sostenía que propulsaron el Brexit para colocar después como única fórmula viable para el Reino Unido su transformación en lo que algunos han llamado un "Singapur europeo": una meca del libre mercado. Al margen del juicio que merezca ese proyecto, lo cierto es que las coincidencias antes descritas pueden ocultar diferencias de fondo en la nueva pareja anglosajona. Al punto de que no habría tal pareja. A fin de cuentas, Theresa May, elegida como solución de consenso tras la salida de Cameron, puede ser sólo un paréntesis. Y su post-thatcherismo, una excepción coyuntural a la norma. Quizá estamos inaugurando nuevas eras demasiado pronto.

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