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El inevitable tsunami populista

Se ha generalizado la impresión de que la marea no deja de crecer y de que algunos de los partidos que la impulsan lograrán su objetivo también en Europa.

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Marine Le Pen, en una imagen de archivo. | EFE

Los llaman la Internacional Nacionalista, un oxímoron, o la Internacional Populista, y ciertamente los Le Pen, Farage, Wilders o Petry hacen por presentarse como un frente unido para proclamar, con mayor fuerza e impacto mediático, su inminente victoria en Europa en el ciclo electoral que empezará en Holanda, seguirá en Francia y concluirá en Alemania. A esa proclamación le ha dado verosimilitud el triunfo, contra pronóstico, de Donald Trump en Estados Unidos, que todos los citados celebraron como el inicio de un tiempo nuevo y hasta de un mundo nuevo a su gusto. "Asistimos al fin de un mundo y al nacimiento de otro", dijo Marine Le Pen en la cumbre que celebraron en Coblenza un día después de la toma de posesión de Trump. "2016 fue el año en el que despertó el mundo anglosajón. Estoy segura de que 2017 será el año del despertar de los pueblos de la Europa continental."

Los primeros interesados en cebar la idea de un tsunami imparable que barrerá a las elites políticas de los países europeos son, naturalmente, los populistas mentados, quienes, dicho sea de paso, se han alzado con el santo y seña del cambio radical que hasta hace poco era patrimonio exclusivo de partidos de la izquierda. Pero no son ellos los únicos que pronostican tal cosa. Después de la victoria de Trump y, antes, la del Brexit, ambas imprevistas, se ha generalizado la impresión de que la marea populista no deja de crecer y que algunos de los partidos que la impulsan lograrán su objetivo de hacerse, este año en curso, con Gobiernos de países centrales de Europa. Si unos años atrás, en plena crisis del euro, se temía que el seísmo político griego (¿quién teme ahora a Syriza?) tuviera réplicas en otros puntos del sur europeo, ahora se teme un contagio similar, pero en el centro del continente y desde el flanco de la derecha.

Pero ¿es el triunfo populista tan inevitable como ellos anuncian y tantos otros temen? Jan-Werner Müller, autor de esclarecedores ensayos sobre el populismo, escribía recientemente que esa profecía no tiene la consistencia que se le supone. No la tiene porque obvia un factor fundamental en las victorias populistas que han dado pie al pronóstico: la cooperación de líderes de los partidos tradicionales. "En ningún sitio los populistas han conseguido mayorías sin la colaboración de políticos conservadores", decía Müller, que se ceñía a los populistas de derechas.

El Brexit, argumentaba, no salió adelante por obra del UKIP de Farage, sino gracias a que tuvo el patrocinio de notables tories como Boris Johnson y Michael Gove, y a que buena parte del partido conservador había intensificado su euroesceptismo. En cuanto a Trump, no hubiera ganado la presidencia sin el respaldo de viejos republicanos como Gingrich o Giuliani, y el visto bueno del partido.

La bendición de dirigentes de los partidos tradicionales a candidatos y movimientos populistas aporta el ingrediente indispensable para el triunfo de éstos. Es una bendición que tiene el efecto de incorporar a los populistas al espacio político conocido. Viene a ofrecer, digamos, la seguridad de que apoyarlos no equivale a lanzarse por completo a lo ignoto. Ahí están políticos de toda la vida, políticos de los partidos de siempre, como garantía de que la aventura populista no es tan aventura y no está tan trufada de los riesgos y peligros que presagian los rivales.

Aplicado al caso español, esto trae malas buenas noticias para el PSOE. Porque su actitud hacia el partido Podemos será determinante. Ya lo ha sido, en realidad. La simpatía o la abducción de sus bases por el partido de Iglesias y la disposición de algunos de sus dirigentes a tenerlo como aliado preferencial no han ayudado a los socialistas, sino a los podemitas. La crecida de este populismo de izquierdas sólo es inevitable si el PSOE le acaba dando su bendición.

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