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El PSOE entre sus noes

El pasado y los noes, esas son las coordenadas en las que se mueven los principales candidatos y quienes los apoyan. Porque no es sólo Sánchez el de los noes.

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Pedro Sánchez | EFE

El otro día Abel Caballero dijo en el foro de El Mundo que si hay algo incompatible con ser secretario general del PSOE es "perder elecciones". Yo no soy fan del alcalde de Vigo, porque vivo en la ciudad que él rige con estilo muy mejorable, pero esa circunstancia no pesa en mi juicio de su papel en las primarias socialistas, que también es negativo. En esa lid, Caballero, igual que otros veteranos, apoya a Susana Díaz y rechaza con desprecio perceptible al otro candidato con posibilidades, Pedro Sánchez. Lo curioso es que ese apoyo se sostiene únicamente en la verdad a medias de una Díaz ganadora de elecciones y en clasificar a Sánchez como un perdedor inveterado.

Resulta curioso porque no tienen estos veteranos otra historia gloriosa que adjuntarle a Díaz que la de un triunfo que no es para tanto. Primero, no ganó por mayoría absoluta, como tantas veces el PSOE en Andalucía. Después, no representa ninguna hazaña alzarse como partido más votado en las autonómicas andaluzas; es, digamos, lo normal. Con el perdedor Sánchez son claramente injustos. Se puso al frente de un partido en caída libre y, al menos, logró salvar los muebles. ¿O no llegó a darse por seguro el sorpasso de Podemos? El declive del PSOE no fue obra personal de Sánchez. Fue una obra colectiva, en la que todos, empezando por Zapatero y Rubalcaba, escribieron su parte.

No es que Sánchez tenga la llave del tesoro. Sin ir más lejos, el candidato acaba de vindicar su "No es no" a cuenta de los últimos escándalos de corrupción del PP madrileño. "Todos los casos de corrupción que estamos viendo por enésima vez en el PP lo que demuestran es que el no a Rajoy y el sí a un cambio político en España era entonces y es hoy más necesario que nunca", dijo después de un desayuno con la alcaldesa de París, Anne Hidalgo. Los valedores de Díaz tienden a mirar al pasado, a un PSOE que ganaba elecciones, pero el candidato Sánchez también mira al pasado, a uno más reciente: el suyo, el de sus noes. Todos miran hacia una parte del pasado. Y ninguna de esas partes del pasado hacia las que miran permite explicar por qué el partido ha perdido millones de votantes. Una pérdida en la que algo habrán tenido que ver los casos de corrupción propios.

El pasado y los noes, esas son las coordenadas en las que se mueven los principales candidatos y quienes los apoyan. Porque no es sólo Sánchez el de los noes. Las alternativas que más o menos se perfilan suelen formularse en negativo: no imitar (a Podemos), no apoyar (por pasiva al PP). Cuando un partido insiste en que no tiene que diluirse ni confundirse con otro, ya es tarde. Lo que revelan esas fórmulas es un problema de identidad. Y los problemas de identidad se hacen más irresolubles cuanto más vueltas se le den. La dificultad del PSOE se muestra en que las opciones que baraja son podemizarse, sea lo que eso sea, o ser la alternativa al PP que fue pero que no puede ser en el nuevo mapa político nacional.

El Partido Socialista me recuerda a esos grandes almacenes que después de años de éxito empiezan a perder clientela. Donde antes había tumultos, sobre todo en las rebajas, ahora los compradores se cuentan con los dedos. Las mercancías que años atrás se quitaba la gente de las manos apenas se mueven y van quedando en los expositores, mustias y cubiertas de polvo. La decadencia es manifiesta, pero lo peor es que nadie sabe qué hacer para frenarla. Unos quieren copiar a los competidores, otros mantener las viejas esencias. Pero tampoco estos últimos saben cómo regresar a la época dorada. Sólo saben que quieren volver.

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