La destemplada réplica del presidente de Extremadura a ciertas palabras del alcalde de Barcelona en contra de llevar el AVE a aquella región, ha motivado una interesante columna de José García Domínguez acerca de la oportunidad, costosa e incluso ruinosa, de extender la red de alta velocidad ferroviaria. Es una reflexión pertinente, desde luego. Pero el columnista, a fin de cimentar sus tesis, deslizaba algún ejemplo bien discutible. Así, un lector desavisado puede deducir de su pieza que vamos a hacer un tren de lujo sólo para que los habitantes de Olmedo visiten Orense y disfruten de sus balnearios; y, claro, para que los de Orense acudan a Olmedo a admirar sus edificios de estilo mudéjar. Como la histórica villa vallisoletana tiene menos de cuatro mil habitantes y el no menos histórico municipio gallego supera en poco los cien mil, cae por su propio peso que un AVE para conectar ambas poblaciones desafía la lógica económica.
Acostumbrados a despropósitos de similares trazas, no extrañaría mucho que se hiciera un supertren Olmedo-Orense, igual que se han hecho tantas obras e infraestructuras sobredimensionadas, inútiles y gravosas en autonomías, provincias y ciudades de España toda. Pero no habrá un AVE hecho y derecho para incentivar las relaciones fraternales entre aquellas nobles villas; como no hay otro sólo para ir a trescientos por hora de Moncada y Reixac a Mollet del Vallés, ambas en la provincia de Barcelona. Se trata de tramos, y en nuestro caso, de un tramo del AVE entre Madrid y Galicia, que prolongaría el que une la capital con Valladolid. Que es costoso, no cabe duda; la orografía gallega no perdona. Y habrá tramos aún más caros que el mencionado: entre Orense y Santiago, 87,1 kilómetros de nada, se han construido más de treinta viaductos y más de treinta túneles.
¿Será rentable ese AVE a Galicia? ¿Es la rentabilidad el único criterio que el Estado ha de considerar cuando proyecta infraestructuras, como propugna ahora el nacionalismo catalán? Subráyese el ahora y aún más el Estado, pues el nacionalismo no atiende a relaciones de coste y beneficio para diseñar sus redes; políticas, of course. De ahí, fiascos como el aeropuerto de Lérida o el de Spanair. No reparará en gastos para vertebrar un embrión de estadito, pero la vertebración de España, ¡no! de ningún modo. La exigencia de rigor en las inversiones públicas es sensata, y se ha ignorado en múltiples casos, como es notorio. Pero, en boca del nacionalismo, es mero pretexto.