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Tras un suicidio moral prolongado y asistido, sobrevino la muerte. Ocurrió el deceso hace mucho tiempo, pero una y otra vez ha de ser representada la defunción. Va en ello la supervivencia. No está garantizada, por supuesto, pero si estás moral y civilmente muerto, al menos puedes albergar la esperanza. Y, junto a otros espectros silenciosos, podrás seguir con tu rutina, haciendo como que nada pasa. Es el tributo necesario, aunque no el único, que ha da pagarse. Y claro que se paga. Ése como todos los demás.
Los compañeros de tute de Ignacio Uría decidieron echar su partidita poco después de que ETA lo asesinara a pocos metros, sin conciencia alguna de que su acción causaría algún escándalo en una España que sólo se conmociona a fogonazos. A fin de cuentas, lo que ellos hicieron forma parte de la normalidad. No se han desviado de las pautas socialmente acordadas, tácitamente pactadas, unánimemente seguidas, salvo por aquellos, unos pocos, que se empeñan en seguir vivos, gente a la que se le muestra el camino de salida, pues crispa y empeora la situación.
Hasta los familiares de las víctimas han de ser espectros. Doloridos, naturalmente, pero sin expresión. Esta vez, cumplen. Son "de aquí". Ni uno de ellos menciona a la banda que perpetró el asesinato. Nunca hay que señalar y, además, para qué. Los empleados del muerto se cuidan de manifestar su "no estamos de acuerdo" desde su condición trabajadora y nacionalista. Vaya por delante la pertenencia a la tribu, pues el desacuerdo con el asesinato roza el límite de lo autorizado.
Carecen de fibra moral para condenar. Han pasado años mirando para otro lado y no se desvía la mirada del crimen sin justificarlo. Lamentan entonces que se asesine a uno del pueblo y que daba puestos de trabajo. Con la que está cayendo, hay que ver lo mal que eligen a las víctimas. Y el obispo Uriarte se pregunta si ése es el camino para la liberación que ETA promete, revelando de tal modo por qué esa senda continúa abierta: se acepta como fuerza política a una organización criminal.
Si sólo estuvieran atenazados por el miedo, como suele decirse, suscitarían esos ciudadanos comprensión o compasión. Pero se ha amalgamado en ellos la complicidad política con el temor. Voluntariamente pagan el tributo.

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