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Francia, el fin del partido

Pendientes como estamos del final de la partida en Francia, igual nos perdemos que ese final puede ser también el fin del partido.

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EFE

Todo el interés que despiertan, fuera de Francia, las presidenciales francesas está enfocado en el desenlace. Lo está única y exclusivamente porque ese desenlace puede llamarse Marine Le Pen. Si la líder del Frente Nacional no tuviera posibilidades de llegar al palacio del Elíseo, y esa llegada no fuera a traer cambios disruptivos para Francia, para Europa y para la UE, la partida que se juega este domingo, en primera fase, sólo interesaría a los sospechosos habituales, los de la rara especie que lee antes que nada las noticias de Internacional.

Como en los peores relatos de Agatha Christie, en estas elecciones francesas estamos tentados a pasar por alto el texto de relleno e ir directamente al final. Pero sería una lástima hacer tal cosa, porque el relleno tiene su miga. De entrada, el proceso electoral se está demostrando destructivo para la izquierda y la derecha clásicas. La primera, representada por el Partido Socialista, está directamente hundida, aunque esto ya es poco menos que un fenómeno rutinario en Europa. La segunda no está hundida, pero sí muy tocada, víctima sobre todo de sí misma o, como sugieren algunos, de un tal Sarkozy, que perdió las primarias pero no la esperanza de volver algún día. Sea como fuere, Fillon ha dejado de ser el Chirac de la historia: el que iba a enfrentarse en segunda vuelta a Le Pen.

Todo esto admite interpretaciones diversas, pero hay un aspecto interesante que no es menor y es el que afecta a los partidos. Macron, que ahora mismo encabeza los sondeos, no tiene un partido. Mélenchon, que en un mes pasó de una intención de voto del 11 por ciento a una del 18,5, no tiene un partido. El centrista estuvo en un Gobierno socialista, y fue miembro del PSF en algún momento, pero se ha presentado a las elecciones con una plataforma llamada En Marche, y vocación de estar por encima de la melé partidaria. El izquierdista radical fue del partido socialista muchos años, se marchó, montó una coalición con los comunistas para presentarse a las anteriores presidenciales y ahora ha forjado otra plataforma, France Insumise, para acudir a estas elecciones fuera del marco de los partidos.

Ninguno de los dos, ni Macron ni Mélenchon, son outsiders de la política, pero ambos se han situado al margen de las estructuras partidarias para competir, nada menos, que por la presidencia de la República. Su tirón en campaña pone en cuestión uno de los supuestos básicos de la política tal como la conocíamos: el papel central e insustituible del partido. Y no sólo para concurrir a unas elecciones, también para gobernar. Les está yendo tan bien a estos dos candidatos sin partido, que más que de una crisis del bipartidismo habría que hablar de una crisis del partidismo a secas. Hemos pasado de una época en que los partidos importaban más que sus candidatos a otra en que los candidatos importan más que los partidos. En algunos casos son lo único que importa.

Lo paradójico es que los partidos que han introducido primarias han dado ya preeminencia a los candidatos. Pero ahí tenemos a Fillon y a Hamon, los dos elegidos en primarias, como ejemplo de que ese proceso de selección no garantiza, no necesariamente, una relación más satisfactoria con los votantes. ¿Y si las primarias acentúan la personalización de la política partidaria de tal manera que queda en entredicho el papel del partido? Pendientes como estamos del final de la partida en Francia, igual nos perdemos que ese final puede ser también el fin del partido.

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