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Franco habrá muerto, como confirma el juez Garzón, pero hay rasgos del franquismo que le han sobrevivido. De hecho, uno de ellos acaba de asomar la cabeza, tocada en esta ocasión con la barretina. En tiempos del General, declarado al fin judicialmente difunto, las críticas que aparecían en la prensa extranjera contra su régimen se presentaban como difamaciones y ataques contra España. Eran, venía a decirse, el ponzoñoso fruto de la conspiración de los enemigos de la patria, entre los que descollaba la masonería. Pues bien, quítese de aquí un detalle y añádase allá un matiz, y se obtendrá la reacción del Gobierno autonómico catalán al reportaje aparecido en The Economist el 6 de noviembre.
El informe, que era poco más que descriptivo, se ha tomado como un agravio y una ofensa a Cataluña en virtud de esa perversa apropiación que realiza todo nacionalismo. Cierto que describir la realidad es ejercicio de riesgo allí donde se ha impuesto la ficción del oasis y donde la falacia de que no hay conflictos ni falta de libertad ni atropello de derechos ni persecución del disidente reina sin contestación de ningún tipo. Cuando surge, se etiqueta como anticatalanes, antigallegos o antivascos (antipatriotas, como hacía Franco) a sus autores y a la menor oportunidad se censura sin ambages, como ha hecho el CAC con La Cope y otras emisoras.
Ante las críticas foráneas, Franco atizaba el fuego del sentimiento nacional con el señuelo del enemigo externo, práctica habitual de los dictadores. Para el nacionalismo periférico –hoy y aquí el único existente– el enemigo exterior es España, de manera que busca con denuedo al aliado extranjero contra esa "potencia". Su causa necesita de esos apoyos. Cualquier gesto de reconocimiento que provenga de fuera sume a sus gentes en el éxtasis, les redime de su provincianismo y sirve para legitimar las prácticas despóticas. De ahí que todos los Gobiernos regionales de corte nacionalista dediquen tantos esfuerzos y no menos dinero al capítulo de "relaciones exteriores", lo que incluye "embajadas", "deportes", "cultura" y otros cuentos.
Del reportaje de The Economist, la Generalidad habrá extraído la lección de que debe mejorar no su conducta, sino su imagen, y sólo en el extranjero. Cualquier día, el nacionalismo adoptará de lleno las tácticas que con tanto éxito emplearon los regímenes comunistas en sus buenos tiempos y paseará a rebaños de periodistas y personalidades por sus pequeños paraísos. Serán lugares donde habrá escuelas bilingües y libertad de idioma, donde florecerán la prensa y la cultura críticas y donde los discrepantes no vivirán bajo una lluvia continua de insultos, agresiones y amenazas. No es por dar ideas, pero ahora que ha decaído el "turismo revolucionario" puede ser la época de erigir nuevas aldeas Potemkin y organizar visitas. Guiadas, por supuesto.
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