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La banda sonora de Podemos

Alguna otra vez he tenido la impresión de que Podemos es un partido al que hay que ubicar más en el arco temporal que en el espectro ideológico.

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EFE

Dos hechos relevantes sucedieron en el Vistalegre 2, o como quieran llamarle al congreso del partido Podemos. El primero fue que el grito más coreado fuera "¡Unidad!". El segundo, que los reunidos unidos cantaran "La Estaca". En esos dos elementos se resume todo: todo lo que allí ocurrió y todo lo que es el partido Podemos. Alguna otra vez he tenido la impresión de que Podemos es un partido al que hay que ubicar más en el arco temporal que en el espectro ideológico. El segundo cónclave me ha reafirmado. Podemos es un partido que vive en unos años setenta españoles imaginarios, que es donde sitúa el instante en que se jodió el Perú, el momento en que España pudo ser y no fue lo que ellos querrían que fuera. Su banda sonora los coloca siempre allí. Y en este partido no hay otra cosa que banda sonora.

Los gritos de ¡unidad! que tan sentidamente daban son definitivos. Definitivos para iniciar el viaje por el túnel del tiempo. Cada uno tendrá sus recuerdos asociados al grito en cuestión, y yo los tengo como cualquiera. Al oírlos es como si estuviera de nuevo en una asamblea o un acto más o menos masivo de finales de los setenta, y puedo ver a los compañeros del PCE, que eran personas de orden, empezando a corear con toda la fuerza de sus pulmones "¡Unidad, unidad!" para sofocar un incidente. Un incidente de los que solían montar bien los provocadores tan temidos por ellos, bien los más revoltosos de los antifranquistas. Sofocar: esa era la función del grito entonces, como ahora en Vistalegre.

Entonces funcionaba por pura cuestión de número: los que gritaban "¡Unidad!" siempre eran más que los que querían montar el pollo. Y quien no estuviera por la unidad, qué otra cosa podía ser que un desalmado. En el congreso de Podemos funcionó por anticipado. Llegaron entrenados y avisados. No iban a transmitir la mala imagen de la discordia. Los medios, la opinión pública, todo eso que ahora es tan importante, y más para un partido que ha vivido en los medios, por y para ellos, no podían mostrar a unos dirigentes enseñando los dientes sin más. Tenían que enseñarlos con sonrisa. Y darse muchos abrazos. De cara a los medios y de cara a las bases, que también son gente. Si la militancia ve que sus líderes están unidos y se quieren como antes, ya hay un problema menos. Cuando los líderes van cayendo uno tras otro, la gente puede desengancharse.

Las crónicas cuentan que en Podemos se ha librado una batalla entre radicales y moderados, entre maximalistas y posibilistas, igual que contaron antes que existían el errejonismo y el pablismo. Yo todavía no he encontrado pruebas de que la pelea se dirimiera entre bandos con tales características, y mucho menos de que existan aquellas corrientes doctrinales. Pero es natural que se intente etiquetar de alguna manera a los productos políticamente confusos. Como lo es que las luchas personales se racionalicen como luchas entre distintas líneas políticas, aunque las diferencias sean muy, muy borrosas. Una lucha personal: esto es lo que ha habido en Podemos. Es lo que hay tantas veces en los partidos. Lucha por el poder es impreciso en este caso: fue una lucha por el dominio. Porque Podemos es un dominio. Un dominio en el que después del estacazo tienes que cantar "La Estaca". Mis condolencias.

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