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La hipótesis del suicidio

¿Datos? ¿Esperar a que concluya la investigación? ¿Para qué, cuando el suicidio corrobora un relato moral preexistente?

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Miguel Blesa | CordonPress

Cuando escribo estas líneas, nadie sabe cuál fue la causa de la muerte del expresidente de Cajamadrid Miguel Blesa. Sin embargo, al poco de conocerse que había aparecido muerto en una finca de Córdoba con un disparo de escopeta en el tórax, prácticamente toda la prensa –con la excepción, por ejemplo, de este periódico donde escribo– incluía en las primeras líneas de la noticia "la hipótesis del suicidio".

"Las primeras hipótesis apuntan al suicidio", se podía leer en un periódico. "La Guardia Civil investiga la hipótesis de que se trata de un suicidio, aunque no descarta que pueda ser un accidente", decía otro, más cauto, pero no demasiado: podían haber puesto que investigaban la hipótesis de un accidente, aunque no descartaban el suicidio. En las televisiones, la cautela y la prudencia no existen, de modo que al mediodía pregonaban tranquilamente que la hipótesis del suicidio cobraba "cada vez más fuerza", sin ofrecer ni un solo dato nuevo que lo sustentara.

Aquellos que todavía siguen citando fuentes, cosa cada vez más rara, atribuían la hipótesis del suicidio a agentes de la Guardia Civil y la policía judicial que acudieron a la finca. Un periódico agregaba una más, como si fuera decisiva: el alcalde del pueblo. El alcalde, decía el diario, "confirmaba las hipótesis de los agentes". No sé por qué ese plural cuando se referían sólo a una. Pero ¿qué sabía el alcalde? El alcalde sabía tanto de la causa de la muerte de Blesa como cualquiera de nosotros: nada. Pero piensa, cree, supone y da por sentado que Blesa ha tenido que suicidarse. Como lo pensarán, creerán, supondrán y darán por sentado muchos otros.

¿Datos? ¿Esperar a que concluya la investigación? ¿Para qué, cuando el suicidio corrobora un relato moral preexistente? Para uno de esos relatos morales, el suicidio será el castigo, autoinfligido, por las tropelías que cometió en Cajamadrid. Les parecerá normal que no pudiera seguir viviendo con las consecuencias de sus actos, en especial las penales. Establecerán esa relación aunque no haya manera de saber por qué se suicidó, si es que se demostrara la hipótesis. Al tiempo, para otro de esos relatos morales, el suicidio será una prueba, una más, de que la presión a la que se somete a los acusados y condenados por corrupción es insoportable; de que el castigo mediático, judicial y social, conduce a esas personas a la muerte. De forma similar al caso anterior, tal relación causa-efecto se dará por cierta, pese a que no pueda demostrarse.

Para los relatos morales –o moralina, porque no llega a más– como los que tanto se han desarrollado durante la crisis y en torno a la corrupción, los hechos y los datos son intrascendentes e innecesarios. Por eso hay que recordar una y otra vez que son ellos, los hechos y los datos, los que han de tener preeminencia. Primero hay que saber. Mientras no se sepa, hay que dejar las hipótesis en el lugar de las hipótesis. Con la muerte de Blesa una hipótesis ha ocupado una vez más el lugar de las certezas. Nada gusta más que confirmar lo que ya se tiene en la cabeza. Y la disciplina de los hechos es ardua, poco vistosa, difícil de manipular políticamente y, ¡horror!, puede desmentir lo que creíamos. O llevarnos a la insatisfactoria conclusión de que no podemos saber el porqué.

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