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Ser de izquierdas

La hora de los impostores

Fraga ha merecido que se ocuparan estos días de él aquí, García Domínguez y Pío Moa. Cierto que también ha saltado a otras páginas, pero de otro modo, con más mimo, con gran proyección y con red. El segundo de los autores recordaba que don Manuel luchaba contra el franquismo desde dentro. Esto, que aplicado a Fraga es ironía, no lo es respecto de muchos otros. Fueron legión los que lucharon contra el franquismo desde dentro. Tan interna era la cosa que ni nos enteramos los que, más ingenuos o más tontos, lo hacíamos con menos disimulo. Tuvimos que esperar a que el dictador estuviera enterrado y aún un tiempo prudencial para sorprendernos de la cantidad de antifranquistas durmientes que se alojaban intramuros de aquel régimen, y no precisamente en sus covachas más recónditas Y que cobraban, natural.

Al no haber vivido en España durante los ochenta, no sé si aquellos recién destapados disidentes presumían tanto de su condición de antifranquistas como ahora. Pero recuerdo la impresión que me produjo ver, poco antes, cómo personajes que en los años previos salían a cada momento en Televisión Española –la única, entonces– se descubrían de pronto como luchadores por la libertad, comunistas y de izquierdas. Desde dentro habían tirado de la estaca. Con suficiente discreción para no entorpecer sus carreras. Esto es lo que se dice disfrutar de lo mejor de dos mundos. En realidad, hacían algo muy común, y que ha seguido haciéndose. Ya no se hace otra cosa. La distancia entre la posición política y moral que se pregona y la conducta de los que pregonan ha aumentado y ni siquiera se oculta; se sobreentiende que no debe tomarse en cuenta a la hora de juzgar a quienes van dando lecciones.

El verano, que es pródigo en entrevistas a "famosos", me ha permitido constatar de nuevo que ese largo trecho entre teoría y praxis no les altera un pelo. Al contrario. Siguiendo la pauta habitual en los casos de disonancia cognitiva, cuanto más viven como rajás, cuanto más instalados se hallan en la cima, más radicalmente de izquierdas se presentan cara al público; eso, tanto el artistamen como la intelectualidad y el político. En los Estados Unidos, donde el papanatismo no parece hegemónico, se han ocupado de sacarles las cuentas del consumo de energía a los que predican el ahorro para salvar al mundo del cambio climático. Aquí está por hacer algo similar, pero con la pose política. Como la moda de instar al pueblo a ducharse menos y usar poco papel higiénico todavía no ha eclosionado en España, se insiste en la proclamación orgullosa de la ideología: soy de izquierdas; mucho; más rojo que nadie; ya lo fui con Franco vivo y ahora más; la globalización es un asco –dicho por quienes matarían por una llamada de Hollywood–; como no les llaman, piden que se elimine el cine americano de las pantallas y se riegue el erial del cine español con dinero público.

El fenómeno es antiguo y recurrente, pero con Zapatero ha experimentado aquí su mayor auge. La ideología de ZP, si así puede llamarse, no es otra que presumir de ideología, de ser de izquierdas. Enarbolar la bandera ideológica y hacer bandería. Sólo en esa atmósfera enrarecida y arcaica pueden darse casos como el de la ex directora de la Biblioteca Nacional. Es importante ser de izquierdas para ocupar el cargo, dijo al llegar la señora. Lo único importante, debió de pensar. Y es que toda esa tropa ha vislumbrado que este era el momento estelar de una humanidad, la suya, la que forman los impostores. Los que violan en la práctica los principios que dicen profesar, los que pretenden vivir de las rentas de un rótulo que aún se asocia a la libertad, la igualdad y la justicia, los que a cada paso pisotean tales valores, pero gritan como posesos la contraseña: ¡soy de izquierdas! Están de suerte, porque en España gobierna la impostura.

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