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La izquierda y su noche de los cristales rotos

El retrato de España quedó marcado entonces por los que no resistieron la embestida del terror.

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Los tres días de marzo, los que siguieron al peor atentado terrorista que ha sufrido España, no sólo nos hundieron en el dolor por las víctimas de la matanza. Nos hicieron caer también, con una ligereza que aún espanta, en un abismo moral sin precedentes en nuestra historia reciente. Nunca había ocurrido, ni en los tiempos en que ETA asesinaba a mansalva, que se culpara masivamente al Gobierno de un atentado terrorista. Pero durante aquellos días aciagos eso fue lo que sucedió. En las calles se llamó "asesino" al presidente, miles de personas se plantaron frente a las sedes del partido gobernante y la principal fuerza política de oposición acusó al Gobierno de mentir sobre la autoría, abonando el brote de ira y de miedo que provocó el 11-M.

Nuestras jornadas de marzo no fueron, como deberían, días de duelo y solidaridad, de recogimiento y silencio, de poner las banderas a media asta y de arriar cualquier bandería. En la inminencia de unas elecciones generales, el durísimo golpe terrorista enconó el enfrentamiento político. La confusión que sucede a un atentado de grandes dimensiones, el ansia por saber de inmediato qué ha pasado, el rechazo al apoyo de España a la guerra de Irak, todo fraguó en un inédito estado de alarma que se redirigió contra el Gobierno.

La culpa y la mentira, la mentira y la culpa, el Gobierno miente y Aznar es el asesino. Esos fueron los ingredientes de la pesadilla política que siguió a la masacre, los que recogieron y proyectaron el PSOE y otros, los que desencadenaron una avalancha de odio contra el partido con el que estaban a punto de medirse en las urnas. No nace el odio de un día para el otro, y éste era un odio que ya venía de atrás, que venía asomando en las muchas movilizaciones de la izquierda durante la segunda mayoría del PP, que tuvo su primer arranque en lo del Prestige y se hizo fuerte en el noalaguerra. Fue ahí donde se unió al miedo. Recuérdense las profecías, los pronósticos, el temor que inspiraba la guerra de Irak.

De aquel miedo, un miedo que se remontaba en realidad a los atentados del 11-S, que era un miedo cerval al terrorismo islamista, se transitó con simplicidad estupefaciente a "las bombas de Bagdad estallaron en Madrid". La matanza en los trenes era la represalia por la foto de las Azores. Por la foto, sí, porque España no envió tropas a hacer aquella guerra. Pero qué importaban los detalles. Ahora bien, lo tremendo era aquel desplazamiento de la culpa, aquel despropósito idéntico al de quienes en EEUU y aquí mismo culparon del atentado contra las Torres Gemelas al país que lo había sufrido.

Lejos de exhortar a la calma, de instar a la retirada de quienes rodearon las sedes del PP, de pedir que se esperara pacientemente el resultado de la investigación, los partidos de la izquierda amplificaron y orquestaron el ruido y la furia. Medios de comunicación de conocida afinidad con el Partido Socialista alentaron las manifestaciones ante las sedes, periodistas de renombre llamaron a ir allí a pedir cuentas, informativos y tertulias atizaron sospechas y dieron curso a bulos que alimentaron la hostilidad contra quienes trataban de esclarecer a contrarreloj lo sucedido. La izquierda estableció, como verdad inobjetable, que el Gobierno estaba ocultando información que perjudicaba electoralmente al PP, que ocultaba, nada menos, que era un atentado islamista.

Los vaivenes, las dudas, la presión del flujo informativo, y sobre todo la conjetura de que "si es ETA gana el PP y si son los islamistas gana el PSOE", se aliaron para que la acusación de la mentira se abriera paso. El PSOE oficializó tan grave denuncia en una aparición por televisión de Rubalcaba en la víspera de la jornada electoral. "Los ciudadanos españoles se merecen un Gobierno que no les mienta, que les diga siempre la verdad", dijo Rubalcaba, que dio seguridades de que la información proporcionada por el Gobierno, en las frecuentes comparecencias del ministro del Interior, no se correspondía con la verdad.

El portavoz del PSOE hizo aquella insólita declaración después de que el ministro informara de las primeras detenciones, de modo que entonces ya se conocía "la verdad". Si saber quién había cometido el atentado era esencial para votar –y que fuera esencial para votar es un signo más del extravío moral de aquellas horas–, si saberlo, en fin, decidía el voto, los españoles fueron a las urnas sabiendo lo que había: que los primeros indicios y los primeros detenidos no tenían relación con ETA, sino con el islamismo.

¿Dio el Gobierno la impresión de que no quería descartar la hipótesis de ETA? Sí. Pero informó de las evidencias que apuntaban a la pista islamista desde la noche del mismo día 11. ¿Convocó el Gobierno a los partidos para dar una imagen unitaria? No, pero es dudoso que una foto o una reunión hubieran tenido efectos balsámicos si al tiempo había partidos que lanzaban contra el Gobierno acusaciones de mentir e insinuaban que era el responsable de la matanza. Porque ambas eran acusaciones indisociables: la una no tenía sentido sin la otra.

Conocer la autoría sólo podía ser tan importante para votar si iba ligada a la culpa: si permitía establecer una relación causa-efecto entre el atentado y el apoyo del Gobierno del PP a la intervención en Irak. Y ésa era una relación que no hacía falta explicitar. Bastaba con asegurar que el Gobierno ocultaba datos sobre la autoría. Aunque el PSOE hizo más, es decir, no hizo. Ni rechazó las manifestaciones frente a las sedes de su adversario, que era donde se gritaba la culpa, y donde estaban militantes suyos; ni compareció para decir, a la vista de lo que sucedía, lo elemental y fundamental: que los únicos responsables de un atentado terrorista son sus autores.

En su libro sobre los atentados islamistas en Estados Unidos, La rabia y el orgullo, la periodista Oriana Fallaci se admiraba de la fortaleza con que habían reaccionado los americanos. Oposición, ciudadanos, medios de comunicación, entendieron que había sido un ataque a la nación y se unieron en torno a quienes la representaban. De haber ocurrido en Italia, decía también Fallaci, la oposición hubiera culpado al Gobierno, el Gobierno a la oposición, y de unión nada de nada. Quién hubiera podido imaginar que aún sería mucho peor, como lo fue en España. Millones de españoles permanecieron serenos en la adversidad, pero el retrato de España quedó marcado entonces por los que no resistieron la embestida del terror. Aquellos tres días de marzo alumbraron una desoladora paradoja: la de unas gentes tan contrarias a la guerra como predispuestas al guerracivilismo.

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