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La libertad y un par de zapatos

El señor Zaidi ha podido arrojarle sus zapatos al presidente Bush gracias al presidente Bush. El periodista, a todas luces, no lo sabe, y no lo quieren saber los aclamadores de la fazaña.

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El Baghdad Bureau del New York Times ha alumbrado un término ingenioso para describir la jubilosa acogida que ha dado el mundo árabe al intento de agresión a Bush con unos zapatos. Es la shoedenfreude, derivada de la alemana Schadenfreude que, en breve, significa alegría por el mal ajeno. Raro es que en español no dispongamos de un sustantivo para denominar una patología humana que aquí abunda, pero el idioma no condensa las esencias nacionales, contra lo que creen nuestros nacionalismos. Sin embargo, la dolencia que se ha manifestado en el entusiasmo de la prensa española, y aledaños, ante el acto del periodista iraquí, tiene otros nombres.

Resulta comprensible que entre los árabes y musulmanes se celebre la pendejada con cantares de gesta, y es a la vez indicativo de su grado de relación con la democracia: apenas existente. No se les puede pedir más a quienes no disfrutan de la categoría de ciudadanos en sus propios países y acumulan décadas de eficaz pedagogía del odio dirigida contra Estados Unidos. Difícilmente llegarán a preguntarse por qué no hay "héroes" capaces de arrojar ya no un zapato, sino el clásico tomate, a los poderosos que los rigen con mano de hierro. La posibilidad de una acción así no rondará siquiera sus cabezas, pues se la juegan (la cabeza).

Tales eximentes no son aplicables a los celebrantes de aquí. Si acaso, el de la irracionalidad, ámbito en el que el odio a Bush, última versión de la obsesión antiamericana, se ha hecho fuerte. El caso es que este incidente no se hubiera producido de no existir en Irak algo parecido a la democracia con su libertad de prensa incluida. El señor Zaidi, por tanto, ha podido arrojarle sus zapatos al presidente Bush gracias al presidente Bush. El periodista, a todas luces, no lo sabe, y no lo quieren saber los aclamadores de la fazaña. Pero Bush, sí. No por casualidad, junto a los reflejos físicos de que dio muestra, hizo gala de reflejos democráticos y se tomó el fallido asalto con humor. La salida del iraquí ha sido, en definitiva, un modo grosero de agradecer la libertad.

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