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En “El discreto encanto de la burguesía” de Buñuel, unos señores muy chic charlan sentados en tazas de váter alrededor de una mesa de la que escapan, de vez en cuando, a unos cubículos en los que comen vorazmente, transidos de sentimientos de culpa y de vergüenza. Era una escena profética. La buena comida, el buen vino, el tabaco, los licores, todos los elementos que se consideraban pequeños placeres de la vida hasta hace poco, van camino de desplazarse, como en la película del cineasta aragonés, tan aficionado al dry Martini, a la zona oscura y clandestina de los vicios privados e inconfesables.
Así lo impone el triunfo planetario de la “ideología de la salud”, nacida en la matriz de todas las modas intelectuales de nuestro tiempo: en los Estados Unidos de América y en los predios de la izquierda. Una ideología en aparente contradicción con las inclinaciones libertinas de algunos de sus sectores, pero en perfecta sintonía con una visión de las sociedades capitalistas como intrínsecamente corruptas, y de la civilización occidental como un gran error, una desviación de la pureza originaria o futura, que aboca al ser humano a la desarmonía, al conflicto, a la oposición cuerpo-mente y a un sinfín de desequilibrios.
Las campañas por erradicar los males inducidos por esas sociedades, sean el racismo, la homofobia, el sexismo o el tabaquismo se inscriben en una órbita en la que la culpa, el arrepentimiento y la purificación han dejado de pertenecer a la esfera religiosa y privada para convertirse en resortes de coacción en manos del poder político. Y la mayoría de estas cruzadas han logrado tal éxito, que participan de ellas los partidos de derechas, asumiendo así un discurso originado en la izquierda. El propio ZP, escaso como anda de combustible ideológico, lo traduciría a su manera: “disuadir del consumo del alcohol y de tabaco es de izquierdas”. El PP, aquejado de corrección política, perdería la oportunidad de diferenciarse.
Pero más preocupante que la unanimidad de los partidos en la instauración de la virtud obligatoria, es que las propias sociedades se dejan hacer. El gobierno trata a los ciudadanos como niños: es por vuestro bien. Y éstos se comportan como niños: la mayoría acepta su irresponsabilidad y aplaude que sea papá Estado quien le dicte sus hábitos. Se trata de un nuevo adiós a la responsabilidad individual. Uno más de los que han dado las sociedades occidentales a la idea de que cada uno es responsable de sus actos. Era aquella idea una herencia del judeocristianismo y del mundo clásico, pero ambas, la idea y la herencia, se encuentran bajo sospecha.
El ministerio de Sanidad está contento. Ha logrado el protagonismo que le hurta la taifa autonómica, y puede presentarse como el campeón de la salud del personal. El primer día de la ley transcurrió sin que estallara una insurrección popular. La extremista decisión de eliminar los rincones para fumadores de las empresas se ha llevado con resignación. Pero cantar victoria al primer round es mera operación de marketing político. La ministra Salgado no interpreta como un fracaso que los bares pequeños hayan optado, como un solo hombre, por el tabaco. En su buenismo de pacotilla, cree que hay un “nicho de negocio importante” para los de no fumadores. No debe de ser tan grande el nicho, cuando aún no ha aparecido. Y puestos a no tragar humo, tampoco tragamos sus soflamas de vieja progre contra la “poderosa industria” del tabaco. Tanto poder ¿y no ha podido parar leyes que la perjudican? Para contar la historia completa: hay otras industrias poderosas que financian a los lobbies anti-tabaco que campan por el mundo.

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