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Lecciones olvidadas de ‘El gatopardo’

Era de cajón que al PSOE no le convenía la repetición electoral. La sorpresa (relativa) es que al PP tampoco le favorece.

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Recién salido de cocina el barómetro del CIS para el 26-J, percibo cierta euforia en los aledaños del Partido Popular por el batacazo que se va a pegar el PSOE. Es verdad que ya lo pronosticaban casi todas las encuestas, pero la del CIS cuenta más por la amplitud de su muestra. Ese contento por la caída socialista que detecto en el ecosistema del partido que gobierna en funciones tiene mucho de Schadenfreude, palabro alemán que significa alegría por la desgracia ajena. Me imagino a los satisfechos diciéndose: "¿Ves, Pedro Sánchez? Quisiste gobernar con 90 diputados de nada, por tu arrogancia y tu bisoñez, en lugar de dejarnos formar gobierno a nosotros. Pues ahí tienes tu premio. Ahora vas a quedarte con diez escaños menos y de tercero. Fastídiate".

Bailen y celebren cuanto quieran los de la Schadenfreude, pero sólo por un minuto. Porque no es posible ignorar durante más de sesenta segundos, y ya me parece mucho, el revés que les anuncia el mismo barómetro. El PP puede perder tranquilamente entre dos y cinco escaños, a pesar de un aumento de su porcentaje de voto. Lo habían visto previamente algunos analistas demoscópicos: el partido de Rajoy tenía muy difícil optimizar sus votos, esto es, traducirlos a más escaños de los que obtuvo el 20-D. Sin embargo, contaba con ello.

Las crónicas daban noticia estas semanas de que el Partido Popular esperaba poder formar Gobierno, esta vez sí, acumulando algunos escaños más y el apoyo de Ciudadanos. Confiaba en que esa combinación llegara al número mágico de 170 diputados. Bien, el barómetro desbarata esas cuentas de la lechera al dejar a esa posible coalición en una horquilla de 156 a 160 escaños. Vamos bajando. Es decir, si comparamos con los resultados del 20-D. A día de hoy, tiene más posibilidades de pasar la aduana de los 170 el conglomerado Unidos Podemos y PSOE, siempre que decidieran, claro, estar juntos y revueltos.

El otro supuesto en el que fundaba el PP su expectativa de gobernar era que un PSOE degradado al tercer puesto por primera vez reaccionara a la debacle cargándose a Sánchez y colocando a otro dirigente, más bien otra dirigente, quizá apellidada Díaz. La cábala continuaba suponiendo que la nueva líder socialista iba a estar muy poco dispuesta a concertarse con Iglesias Turrión y facilitaría que el PP formara gobierno, fuese aceptando la gran coalición, fuese a través de una abstención táctica.

Son demasiados supuestos, sospecho. Un exceso de conjeturas, un bonito castillo en el aire. Total, para llegar al mismo punto que después del 20-D: todo depende de lo que haga el PSOE. La única diferencia es que ahora, sí o sí, habrá gobierno. Una tercera convocatoria a las urnas es inasumible. El ensayo general de la fragmentación terminó. Todos los partidos relevantes saben que con los resultados del 26-J habrá que componer uno u otro acuerdo de gobierno. Lo que nos dice el barómetro del CIS es que el PP no va a estar en mejor posición para vertebrarlo que antes. Al contrario.

Podrán relativizarse los datos del sondeo, alegando que aún hay mucho indeciso y que quedan muchas millas por recorrer hasta las urnas, pero en diciembre pasado el CIS, a cuatro semanas de las elecciones, pronosticó con bastante precisión los resultados del PP y del PSOE. Erró, y mucho, en los de Podemos y Ciudadanos: subestimó al primero y sobreestimó al segundo. Pero no se equivocó en los porcentajes y escaños que lograron los dos partidos tradicionales. Por tanto, hay que tomárselo en serio. Y extraer un par de conclusiones.

Era de cajón que al PSOE no le convenía la repetición electoral. La sorpresa (relativa) es que al PP tampoco le favorece. Con estas previsiones, el único partido que sale beneficiado es Podemos. El obstinado empeño de los dos grandes partidos en no dejar gobernar al otro tendrá, así, consecuencias indeseadas para ambos. Uno perderá la hegemonía en la izquierda, el otro se quedará más lejos de los escaños necesarios para forjar un acuerdo de gobierno. Lo extraordinario es que se lo podían haber ahorrado. Bastaba seguir el consejo cínico y oportunista de Tancredi Falconeri en El gatopardo: "Si queremos que todo permanezca como es, es necesario que todo cambie". Pero hicieron oídos sordos como el príncipe de Salina, sumido y atrapado en la nostalgia por un mundo que estaba desapareciendo.

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