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Atentado de ETA

Los escombros del "proceso"

La fachada Potemkin construida por el Gobierno socialista durante todo su mandato, la ilusión que ha cultivado acerca de la voluntad de la ETA de dejar la violencia, y bajo cuya aureola se han hecho cesiones políticas a los terroristas, se ha dejado en suspenso el Estado de Derecho y se ha bajado la guardia en la lucha policial, se ha derrumbado hoy con el aparcamiento de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Bajo los escombros del cemento y el hierro destruido por una bomba de gran potencia, no sólo yace lo que ha venido llamando "proceso de paz" en un ejercicio de irresponsable creación de expectativas que a la vez eran el anestésico para que la sociedad española fuera aceptando las concesiones a Batasuna-ETA, sino también, y ojalá no sea así, pero el paso de las horas lo configura como altamente probable, víctimas mortales.

El coche-bomba de ETA ha sido la culminación de una escalada de violencia a la que el Gobierno ha ido cerrando los ojos, y queriendo cerrárselos a los ciudadanos, por pura conveniencia. No responde a la verdad lo que ha dicho el ministro del Interior. ETA no ha roto la tregua con este atentado por la sencilla razón de que el alto el fuego que anunció en marzo ha sido violado una y otra vez. Pero también constituye este nuevo acto criminal un resultado previsible de haber abierto la puerta a una negociación política con los terroristas. Durante todo este tiempo de extorsión, amenazas, manifestaciones, quemas de cajeros y autobuses, robos de explosivos y armas, el Gobierno quiso seguir adelante con su engaño y autoengaño, y ello ha dado cancha a la estrategia de presión del entramado terrorista. Era de manual y sólo Zapatero se ha negado a ver adonde conducía el camino que había emprendido. Si el Gobierno estaba dispuesto a ceder, los terroristas iban a explorar sus límites por sus medios habituales. Es lo que han estado haciendo y lo que acaban de hacer.

La sustancia criminal y totalitaria de ETA no ha dejado de manifestarse, pero hoy ha quedado más a la luz que nunca que cuanto nos han venido contando, de ZP al ministro del Interior, pasando por los altos responsables de la lucha anti-terrorista, hasta hace sólo 24 horas, era una falsificación de la realidad. Hace unas cuantas más, aún peroraba un dirigente socialista vasco sobre la "percha" de un nuevo Estatuto vasco en la que se iba a colgar la incorporación de Batasuna "a la democracia". Otra concesión política que se urdía en la sombra. Y el apéndice de ETA ha dado su respuesta, también previsible: ni condena el atentado ni considera roto el "proceso". Llevan cuarenta años justificando el terrorismo y el crimen. Pero achacar a la ingenuidad la política de negociación con la banda emprendida por los socialistas sería igual e imperdonablemente ingenuo. Y la ingenuidad no exime de responsabilidad.

La reacción del Gobierno debería haber sido la ruptura sin ambages de su negociación, diálogo o como quieran llamarlo. El regreso a los principios recogidos en el Pacto Antiterrorista, que excluyen negociar con la banda y con quienes negocien con ella. El "dejad toda esperanza" a sus huestes de que puedan destruir la democracia sentándose de nuevo en las instituciones. Eso, como mínimo. En cambio, Zapatero anuncia la "suspensión" del diálogo. Suspender significa exactamente eso: detener o interrumpir por algún tiempo una cosa. En el futuro, si la ETA da muestras de "buena voluntad", ya se verá. En suma, Zapatero está dispuesto a volver a las andadas del "proceso" no importa cuántos escombros y víctimas se cobre la aventura.

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