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Hace tiempo que me pregunto qué es exactamente lo que provoca las histéricas reacciones de una parte de las gentes de izquierda ante los libros de Moa. Cierto es que sus estudios y tesis sobre la Guerra Civil subrayan la responsabilidad de los partidos de izquierda en la ruptura de la legalidad y la convivencia que conduciría al estallido bélico. También es verdad que ha reflejado los crímenes cometidos por aquellos partidos cuyas víctimas fueron tanto personas de derechas como otras que militaban en grupos marxistas y anarquistas. Igualmente, el cuadro que pinta de la Segunda República rompe la idílica imagen que un sector de la izquierda española se ha obstinado en dar de ella. Y asimismo hay que reconocer que hace añicos aquella versión propagandística de la Guerra que fabricaron entonces los sagaces agentes de Stalin, y a la que décadas después todavía se aferra un tropel de políticos interesados, historiadores politizados y personal cautivo de la ignorancia voluntaria, cual náufragos a un salvavidas. ¡Tanto les va en ello! Se diría que desprovista de esa historieta de buenos y malos, la izquierda no podría levantar cabeza nunca más en España.
Con todo lo que esas tesis y otras les toquen las narices, las cuales apenas contienen hoy más que mocos sentimentales, y dado que se han autoprohibido leer sus libros, pienso que no es su obra lo que les saca de quicio, sino él. Es decir, que desafíe sus mitos alguien con su pasado. Haber sido comunista y antifranquista bajo Franco, y no después, como la mayoría de los que ahora se expiden carnés de luchadores contra la dictadura, es un pecado imperdonable cuando uno luego ha sometido sus dogmas a la crítica y ha descubierto sus falsedades. Si además cuenta sus hallazgos y tiene éxito, entonces ya es un crimen. Pero siempre lo es dejar la secta y no callarse. Para esos "ex" reinventaron los comunistas el término de "renegados". Son los "traidores" a los que se persigue con mayor saña que al "enemigo" habitual. Pues son, y eso lo ha creído siempre la secta, los que más daño le infligen. De modo que los vilipendian y desprestigian, porque la muralla de engaños es, ay, frágil. O los silencian. En los tiempos del poderío comunista, de forma definitiva. Operaciones estas en las que la acomplejada izquierda no comunista ha colaborado de buen grado.
Que tal es el punto que les duele, se detecta en su insistencia por presentar a Moa como un individuo de "extrema derecha franquista", como hacen estos de IU que han ido al juzgado para presentar una denuncia y no por lo que ha escrito con su firma, sino por unas frases aparecidas en el diario Público, que el autor tachó en su momento de apócrifas y sesgadas. Si Moa no hubiera abandonado la izquierda, hoy sería probablemente un icono, como dicen, de la lucha antifranquista y su pasado terrorista les encantaría a los progres, que tanto admiran a los practicantes de la "lucha armada", aunque, justo es decirlo, más a los que persisten en ella que a los que se hacen demócratas. Mientras los pequeños inquisidores se inventan injurias contra las víctimas del franquismo, seguimos a la espera de que ellos y sus mayores honren alguna vez a las víctimas de los comunistas españoles en la Guerra, y a los cien millones de muertos que lleva en su haber la doctrina de la que continúan siendo adeptos.
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