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No son catalanes

El secreto del nacionalismo catalán, bien guardado en libros de los patriarcas del catalanismo que ya nadie lee, es una obsesión por la 'desnaturalización' de Cataluña.

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Inés Arrimadas | EFE

Cuando Obama fue elegido hubo quienes afirmaron, entre ellos Donald Trump, que no había nacido en Estados Unidos, lo que condujo al insólito gesto de que el presidente publicara su certificado de nacimiento. El cuestionamiento de la americanidad de Obama alcanzó tales dimensiones porque muchos no podían aceptar que fuera presidente alguien que no era blanco. Si no había nacido en EEUU, sino en Kenia, como decían, problema resuelto, porque no era elegible. Pero el asunto de fondo era el color. Dicho de otra forma: el racismo. Un racismo que no se expresaba abiertamente, sino de forma indirecta, que es como suele aparecer.

Pienso en aquello cuando veo esto. Cuando veo cómo se pone en cuestión la catalanidad del partido Ciudadanos, de nuevo. Digo "de nuevo" porque es algo que viene de atrás. Prácticamente desde que apareció. La idea de que no son catalanes la expresaba, por ejemplo, Carme Forcadell hace tres años, cuando era presidenta de la ANC. Incorporaba en la exclusión al Partido Popular de Cataluña. "Los partidos españoles que hay en Cataluña, como Ciudadanos y el PP (...) son nuestros adversarios, el resto es el pueblo catalán y el resto somos los que conseguiremos la independencia", dijo entonces. Resumen: esos son "españoles" y no forman parte del "pueblo catalán". Luego dijo que no lo había dicho, pero lo dijo.

Fue un descuido. El mismo tipo de descuido que tuvo hace poco la expresidenta del Parlament, exconsejera de la Generalitat, abogada y democristiana de la extinta Unió Núria de Gispert. "Cataluña no se puede permitir cuatro años más de procés", había declarado Inés Arrimadas. Gispert le respondió en Twitter: "Entonces, ¿por qué no vuelves a Cádiz?". Luego dijo que lamentaba haberlo dicho. Pero lo dijo. Los dirigentes del nacionalismo catalán contemporáneo han ocultado muy bien su dirty little secret, pero incluso a ellos, en cuanto se descuidan, les sale. Sus bases son menos cuidadosas. Ahí, el secreto es un secreto a voces.

El secreto del nacionalismo catalán, bien guardado en libros de los patriarcas del catalanismo que ya nadie lee, es una obsesión por la desnaturalización de Cataluña y del ser catalán debido al influjo de población proveniente de otros lugares de España. Esa obsesión recorre prácticamente a todos los que tejieron los mimbres de ese nacionalismo, y desde principios del siglo XX hasta hoy. Se da una diferencia significativa entre épocas. Los antiguos no se cortaban a la hora de hablar de "cualidades raciales" que había que defender frente a la amenaza que representaba la "inmigración", mientras los modernos, como Pujol, prefieren tapar el árbol etnicista, de por sí torcido, rodeándolo de un bosque de metáforas, coronado por el artificio de la asimilación-integración.

Hasta en la izquierda, antes en el PSUC y hoy en el PSC, juegan la carta de su catalanidad frente a la no catalanidad que atribuyen a otros. Cuando el secretario de organización del PSOE, José Luis Ábalos, quiso justificar el anuncio de que el PSC no apoyaría una investidura de Arrimadas, y esgrimió que C’s no tenía ninguna "comprensión del hecho singular catalán", ¿qué quería decir? Desde luego, no quería decir nada que debiera importar en principio a un partido de izquierdas. Pero resulta que lo que importa a un partido de izquierdas en Cataluña no es el hecho social, sino el "hecho singular catalán". El PSC lo comprende mucho; es más, afirma que es catalanista. De ahí a decir que el que no sea catalanista no es verdaderamente catalán hay un paso. Ese paso lo da el separatismo sin problemas. Los socialistas sólo lo insinúan. Pero lo insinúan.

Es asombroso que en pleno siglo XXI, como suele decirse, haya partidos, haya políticos y haya ciudadanos obsesionados en distinguir, dentro una región española, entre los de fuera, que en realidad son de dentro, y los de dentro: los que mantienen las esencias de lo que los antiguos llamaban "raza" y los modernos llaman "identidad". Es más asombroso todavía que esto pase desapercibido en una época en que se vigila atentamente, en Europa, cualquier brote de xenofobia. Aunque en este caso habría que llamarlo endofobia. Y es sorprendente, aunque habitual, que los que albergan estas pulsiones no reconozcan su carácter y las consideren totalmente naturales. Eso sí, aquello que les parece contra natura es que quienes no encajan en el lecho de Procusto catalanista puedan gobernar Cataluña. Porque para ellos no son catalanes.

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