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Por qué celebrar el triunfo de Macron

En una época en que muchos han dejado de respetar el conocimiento, no está nada mal un triunfo de la competencia frente a la incontinencia emocional.

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Emmanuel Macron saluda a quienes festejaban anoche su victoria en el Louvre | EFE

No he celebrado la victoria de Macron sólo por todas las razones evidentes y circunstanciales. No la celebro sólo porque haya cerrado al paso a la extrema derecha. Una extrema derecha que se había remozado para la ocasión, que se desprendió de rémoras (como el propio Le Pen, padre), pero que no puede evitar sacar lo que lleva dentro, como se vio en el debate final. Más que un programa nefasto, que también, el problema del Frente Nacional es una actitud: autoritaria, agresiva, despreciativa, peyorativa.

No celebro que ganara Macron sólo porque fuera el único candidato que no despotricó contra la Unión Europea ni tomó distancia táctica respecto de ella. No sólo porque frente a una Le Pen que le acusaba de ser el perrito faldero de Merkel mantuviera un compromiso de lealtad hacia el otro gran puntal de la Unión. Y demostrara, de paso, que los desafíos que afronta Francia, aquellos que impone la globalización, sólo pueden abordarse con algún éxito desde la plataforma europea.

No me alegro de su triunfo únicamente porque haya fundado una posición política que trasciende, o aspira a trascender, la división izquierda-derecha tal como ha venido funcionando y polarizándose en un ciclo que está a punto de acabar con el capital político de ambas. Macron no es un "ovni político", no es el ni-ni (ni de izquierdas ni de derechas) que algunos retrataron para significar que no era nada más que un producto de marketing, vacío y sin sustancia. Macron es un ejemplo de impureza ideológica, y eso es formidable. Aún lo será más si el ejemplo cunde.

En cualquier caso, si celebro especialmente que ganara Macron es porque está en las antípodas de los liderazgos carismáticos que tanto arrastran y arrasan. No es un político mitinero. No es un agitador. No es un orador que levanta a la gente del asiento y la conduce al éxtasis. Se ha dicho que su punto débil era cierta frialdad, cierta falta de empatía o, como suele decirse, que no transmite. Y es verdad que muchos le votaron no porque les gustara, sino por descarte: para que no saliera Le Pen.

Mis preferencias son distintas. Yo celebro que un político renuncie cuanto pueda, y mejor del todo, al sentimentalismo. Aunque es anecdótico, celebré que Macron contuviera las lágrimas con las que luchaba cuando iba por la explanada del Louvre a dar su discurso de victoria. Celebré que mantuviera la sangre fría en el debate con Le Pen. Celebré que hablara tal y como suele hablar, no cambiando de registro para la ocasión, con los huelguistas de Whirlpool. Macron es un hombre con sus pasiones, no en vano estamos ante alguien que en su juventud se planteó ser escritor o actor. Por eso mismo le doy más mérito al hecho de que, cuando habla de política, hable cerebralmente, hable fríamente, desde la razón. Aunque no pueda despertar esas sensaciones emotivas que tanto gustan, arrastran, arrasan y ciegan.

Es un tecnócrata, se dice de Macron. No le ha importado parecerlo: siempre de traje y corbata impecables, es la viva imagen del alto ejecutivo, y de uno que siendo joven –el presidente de la República más joven– rezuma madurez. Celebro que no tratara de disfrazarse de lo que no es, como hacen tantos, aunque eso facilitara asociarle con el sistema, el establishment, las finanzas y la élite. Y hay que anotar que esa imagen suya no le distanció de los votantes jóvenes, que fueron uno de los puntales de su candidatura. Es un dato esperanzador.

Es un dato esperanzador que en Francia se siga valorando al político que sabe de qué habla. Que conoce bien los asuntos. Que los ha estudiado. De hecho, a Le Pen le perjudicó el debate porque mostró las lagunas de preparación de sus propuestas. Sabe hacer agitación, sabe descalificar, pero no está puesta en la materia. Macron lo está. Por su formación, por su experiencia, por su capacidad. En una época en que los expertos son cuestionados y denostados, en que muchos han dejado de respetar el conocimiento, no está nada mal un triunfo de la competencia frente a la incontinencia emocional. Cierto, no basta. Pero es un punto a celebrar. Póngase en contraste con EEUU, donde Trump va confesando ahora, a buenas horas, que nada es tan fácil como creyó.

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