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Qué raritos son los guiris

A quién se le ocurre tratar a unos activistas, que albergan en su corazoncito las mejores intenciones, como a unos vulgares rateros. Sí, ese tipo de abusos sólo se dan en ciertos países muy raros, que tienen a gala hacer cumplir la ley.

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Escribió Ángel Ganivet que, en la Edad Media, España estuvo a dos pasos de realizar su ideal jurídico, que era aquel que pondría en el bolsillo de cada español una autorización para hacer lo que le diera la gana. Como si quisieran corroborar, ciento y pico años después, la observación del pensador granadino, los indignados españoles creen llevar en la mochila un permiso para acampar donde les plazca. Y bien, por qué no iban a creerlo, si aquí se procedió como si gozaran de una licencia tan singular. Máxime cuando además de la carta blanca que les selló el Ministerio del Interior, los discípulos del abuelo Hessel se sienten portadores de un salvoconducto moral que les faculta para saltarse leyes y normas. Se han criado en el sobreentendido progre de que la obligación que rige para el común de los ciudadanos no afecta de ningún modo a quienes quieren "un mundo mejor" y "cambiar las cosas".

Resulta, sin embargo, que los permisos y salvoconductos que fueron tan eficaces en España, carecen de validez universal y, así, en Bruselas, la avanzadilla de una marcha "por un cambio global" –y dale con el cambio– fue desalojada del parque que pretendía ocupar. Incluso, vaya exceso, hubo detenciones. Y hasta perros, qué crueldad. Aún peor, la Policía belga sólo concedió una única botella de agua mineral para todos los que hubieron de pernoctar en comisaría. Con razón han denunciado los indignados el despiadado racionamiento del líquido. Es una clara vulneración de los derechos humanos y una de similar gravedad a la que sufrió un dirigente español de Greenpeace en Dinamarca. Aquel que tras ser arrestado por irrumpir en un banquete oficial, hubo de soportar largos días de cárcel en compañía de "delincuentes comunes". Aunque, mira por dónde, gracias a la horrible experiencia en las prisiones danesas se considera más que cualificado para presentarse a las elecciones.

A quién se le ocurre tratar a unos activistas, que albergan en su corazoncito las mejores intenciones, como a unos vulgares rateros. Sí, ese tipo de abusos sólo se dan en ciertos países muy raros, que tienen a gala hacer cumplir la ley y aplicarla a todos por igual. Para mayor rareza, la prensa belga apenas le ha dedicado unas líneas a la peripecia de esos indignados. Qué contraste con la constante y afectuosa atención que les prestan nuestros medios gubernamentales y que constituye su salvoconducto primordial. ¿Será que el papanatismo termina en los Pirineos?

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