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Acabo de leer un reportaje sobre unas ministras cuyo principal empeño era demostrar lo mal que aquellas peinaban, calzaban y vestían. Como la tal pieza se escribía en 2002, esos aguijonazos no se tachaban de machistas. Ello era así por un único motivo. Afectaban a unas señoras que no pertenecían al Partido Socialista. Era a las ministras del Gobierno Aznar a las que se ponía a caldo, allí por su imagen, allá por su verbo, acullá por su gestión. Esas mujeres no disfrutaron de la inmunidad que ahora se exige para las ministras zapateristas. Un "detente, crítica" cuya infracción supone, por decreto de los nuevos inquisidores, un gravísimo delito de machismo.
Hubo un tiempo en España en que se podía uno burlar cuanto quisiera de la ministra de Educación, que era Esperanza Aguirre, y hacerla pasar por tonta, por cursi y por pija, sin que las cadenas de radio desbordaran de indignadas denuncias de la baba machista de esas chanzas continuas. Hasta existió, quién lo diría, una época en que un dirigente del PSOE llamaba "monja alférez" a Loyola de Palacio y la tropa del sedicente progresismo no le saltaba a la chepa al autor de la maldad, un Alfonso Guerra que luego, en trance de homofobia –¿o no lo es si viene de un sociata?– le endilgaba un "mariposón" a Rajoy.
Ese período no ha acabado, por supuesto. Las mujeres que giran fuera de la órbita del Partido Socialista continúan siendo el blanco de la artillería de los paladines de "la igualdad". Pasa con ellas como con la doctora Rice, que no es mujer ni negra a ojos de los progres de EEUU, sino sólo un miembro más de la Administración más odiada. Así que no basta ser mujer para que toda crítica se acalle entre vapuleos a sus autores por machistas repugnantes. A fin de conseguir ese blindaje hay que estar en el grupo de los ungidos, especie de club de la farsa en el que todas las apariencias engañan.
Véanse, por ejemplo, los periódicos y otros medios que claman contra los "reductos machistas" desde los que, según dicen, se critica a las ministras. Sus secciones de entretenimiento están llenas de famosas en tanga, actrices en bikini, Carlas Brunis desnudas. Sus programas televisivos despedazan a las Belén Esteban y las Pantojas poniéndolas como no digan dueñas. Ah, ¿no son mujeres todas ellas? Va a resultar y resulta que las únicas mujeres que merecen respeto en España son las ministras de Zeta. Una de esas hojas impresas, El Periódico, rogaba el otro día que "el camino marcado por el Gobierno" con la inclusión de tantas féminas tuviera repercusión más allá del Consejo de Ministros. ¿Para cuándo una directora en la casa?
Toda esta tontería es efecto de la falsa "igualdad" del PSOE de Zapatero. De su empeño en nombrar ministras, no por currículo, inteligencia, capacidad gestora ni experiencia, sino por enseñarse con un cortejo de mujeres. Eso viene a ser como ponerlas de florero. Incluso las que valen quedan depreciadas. La paridad, que es vistosa y popular, da al traste con la igualdad. Pero explicarlo, ay, requiere entrar en el arriscado debate de ideas.
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