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Antifascistas por Le Pen

Cuánta razón tenía Oriana.

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EFE

Marine Le Pen, pese a los temores de muchos, ha sido derrotada por el margen más amplio que se ha dado nunca en la segunda vuelta de unas presidenciales francesas... si excluimos los resultados de su padre, que fueron aún peores. Quienes recordamos aquellos comicios que lo enfrentaron a Jacques Chirac nos acordamos de cómo todo el espectro político se movilizó para que sus votantes acudieran a las urnas a apoyar al dirigente conservador. En esta ocasión hemos visto, en cambio, cómo la izquierda más extrema se ha hecho la remolona para finalmente proponer el voto blanco o nulo. Cierto es que por sí sólo esto no explica toda la diferencia entre la hija y el padre, pero sí una parte importante. Pero ¿por qué ese cambio?

Existe en toda la Europa que no padeció el comunismo una doble vara de medir que lleva a tratar a la extrema derecha como un apestado político mientras contempla con normalidad a la extrema izquierda. A quienes vemos a los totalitarios y extremistas como el horror que son, al margen de su color y apellido, siempre nos ha parecido una monstruosidad ignorar el Gulag y colocar a sus herederos a la misma altura moral y política que, no sé, la de un socialdemócrata sueco. Pero al menos tenía una ventaja: que existía un cordón sanitario alrededor de al menos uno de los dos extremismos. Sin embargo, en estas elecciones hemos visto cómo se ha roto. Y cómo lo han roto no los liberales o los socialdemócratas, sino aquellos a quienes más se parecen y que, precisamente por eso, siempre se han puesto la medalla de ser sus principales enemigos. Los que se llaman a sí mismos antifascistas.

No es ya que Melenchon haya escapado del consenso que sí existía en 2002. Es que aquí mismo, en España, tanto los gerifaltes de Unidos Podemos como buena parte de sus fans en los medios también lo han hecho. Tras destacar durante la primera vuelta las enormes diferencias entre Le Pen y Mélenchon, que en realidad se reducen casi exclusivamente al islam y la inmigración, al llegar la segunda vuelta optaron por el silencio. Incluso cuando han apoyado a Macron lo han hecho con la boca pequeña. Monedero es un buen ejemplo. En un artículo titulado "Por qué hay que votar a Macron", llega a decir que hacerlo "es un absurdo para un demócrata" y llama a quienes lo apoyan "fascistas sociales vestidos de Armani". Porque, claro, Macron pertenece a una casta política que al parecer impulsa una suerte de consenso neoliberal, de donde se deduce que el neoliberalismo no debe de tener nada que ver con el liberalismo, porque ya me dirán ustedes qué liberal puede ser un Estado que se come el 57% del PIB.

Pero quizá el ejemplo más excelso, por conciso y representativo, fue un tuit ya borrado en el que un locutor muy de izquierdas, cuyo programa desapareció de la parrilla de la radio pública entre gran escándalo de sus correligionarios, equiparaba el "fascismo ideológico" de Le Pen con el "fascismo económico" de Macron. Y es que ahí está el problema. Cuando demonizas todos los días de la semana las políticas económicas y sociales más o menos acertadas de los países libres, ¿cómo vas luego a apoyar a quienes las ponen en marcha? Si cualquier liberal, conservador o socialdemócrata ya es un facha para ti, ¿qué diferencia hay?

Por eso no han apoyado a Macron frente a Le Pen. Pero seguirán llamándose a sí mismos antifascistas. Cuánta razón tenía Oriana.

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