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Apple, la manzana cambia de color

Espectacular es el éxito que Apple está cosechando con su sistema de venta de música a través de Internet. Sorprende, sobre todo, porque no son los primeros en intentarlo. Weblisten lleva unos 5 años en el negocio con un éxito, digamos, relativo. Y llegan los de la manzana y empiezan a vender un millón de canciones semanales, a dólar la unidad, y sólo a consumidores de sus productos informáticos. Hay quien lo explica por la extraordinaria fidelidad de los usuarios de Mac, que forman una comunidad bastante unida para lo que suelen ser las lealtades a las empresas. Microsoft, desde luego, jamás ha llegado a acercarse a eso ni de lejos. Lo que no me cabe duda es que, de generalizarse, el éxito de esta forma de distribución puede cambiar por completo el modo en que se vende la música. No sería raro que las obras completas, los discos, vuelvan a ser un producto minoritario y sean canciones aisladas lo que se acabe vendiendo.

Después de algunos fracasos, parece que Steve Jobs ha dado en la diana con este negocio. Buena falta le hace. Porque lo cierto es que el viejo ordenador de la manzana está condenado a muerte. No ahora, quizá no dentro de tres años, pero sí en diez. El sobrevivir durante tanto tiempo ha sido un mérito enorme, porque su modelo de negocio es obsoleto desde que el PC empezó a triunfar. Antes de que IBM y Bill Gates crearan un sistema que permitiera a cualquier fabricante crear ordenadores y programas compatibles entre sí, lo normal era que una sola compañía controlara todo el proceso. Gates comprendió que el software tenían unos costes únicos de desarrollo, independientes del número de copias vendidas, pues los costes de distribución son muy bajos. Además, es muy sensible al efecto red: el valor de cada unidad crece con el número de copias vendidas. Y lo aprovechó.

Apple, Atari y Commodore, por citar los mayores competidores del PC, apostaban por los sistemas cerrados. Ellos y sólo ellos fabricaban ordenadores compatibles y creaban el sistema operativo que los hacía funcionar. Al principio era factible y rentable. Pero según la arquitectura y los sistemas operativos se han ido complicando, ha sido necesario invertir más en el desarrollo de nuevos sistemas cerrados. El esfuerzo de Apple de migrar de su vieja arquitectura a PowerPC ha sido inmenso. Pero, siendo un sistema cerrado, no vende muchas unidades, de modo que no se puede beneficiar ni de los bajos costes de distribución del software ni de su efecto red. Los ordenadores de Apple son mucho más caros y se siguen vendiendo por la fidelidad de sus usuarios, especialmente en el campo de la maquetación y el diseño, que aprendieron a utilizarlo en su momento y ahora les cuesta cambiar. Pero si Apple no logra mantenerse en un nivel de potencia y prestaciones que no desmerezca en exceso del PC, acabará abandonándole incluso su clientela más leal.

Y ese momento ha llegado. Motorola no parece querer seguir perdiendo dinero diseñando chips que vende a Apple y sólo a Apple. IBM está creando uno que puede salvar los muebles durante un tiempo, pero posiblemente a un precio prohibitivo. La solución, quizá, sería migrar a la arquitectura rival. Seguro que en los laboratorios de la compañía de Jobs ya tienen su sistema operativo Mac OS X funcionando en PCs. Pero lo que no funcionaría a velocidad aceptable son las aplicaciones, lo que haría de la migración poco menos que un suicidio. En ese escenario, lo lógico es que intenten moverse a otros negocios mientras dure la agonía de Mac y, aunque en el de la música parecen haber acertado, habrá que ver si logran sobrevivir a su producto estrella.

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