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Columna publicada el 03-07-2003
Me regalaron los cuatro primeros libros de Harry Potter antes de que su extraordinario éxito en Gran Bretaña se contagiara a nuestro país. Siendo libros para niños, casi hasta me ofendió el regalo, digno como es uno. Pero no tenía razón para ello, pues esta serie de novelas de corte fantástico narran unas historias muy entretenidas, que recuperan un estilo de aventuras clásico, en el que un niño "elegido" lucha contra el más malvado de los villanos.
Pero Harry Potter tiene otro punto a favor y es que dibuja un mundo en el que los liberales viviríamos con gusto. En él, el comercio es visto favorablemente, puesto que los lugares más fascinantes son el Callejón Diagón, una suerte de centro comercial para magos situado en Londres, y Hogsmeade, el único pueblo habitado únicamente por magos y lleno de comercios realmente fascinantes. El mismo protagonista se comporta como un capitalista, invirtiendo en el futuro negocio de dos alumnos del colegio, emprendedores que desean ganarse la vida con sus bromas.
También, aunque quizá sea anecdótico, todo ese comercio es llevado a cabo a través de un dinero no controlado por banco central alguno. Son monedas de oro, plata y cobre, con las que todos los personajes, pese a sus poderes, deben comprar sus libros, varitas, escobas y demás objetos de uso común entre los magos, por supuesto en tiendas privadas. Guardan su dinero en un banco regido por goblins, no por el Estado, y no hay constancia de que Harry tuviera que pagar ningún impuesto de sucesiones por el tesoro que le dejan sus padres al morir.
Por último, y quizá más importante, el Estado está representado por un escuálido Ministerio de Magia, cuyas únicas funciones parecen ser perseguir criminales y evitar que los muggles (o personas no mágicas) se den cuenta de que existen magos en sus vecindarios para que éstos puedan vivir tranquilos. Es más, el ministro, un pomposo llamado Cornelius Fudge, hace todo bastante mal y resulta un personaje bastante ridículo. E incluso, cuando llega el momento de mayor peligro, cuando el malo (que lo es por su ansia de poder y no por traumas infantiles) regresa al mundo de los vivos, decide negar esa evidencia e incluso imponer su posición en el periódico oficial de la Inglaterra mágica, el Daily Prophet. Lo hace por temor a perder su puesto, poniendo por ello en peligro la vida de sus conciudadanos. Esa es la idea que Rowling ofrece a nuestros niños de los políticos.
Esta desconfianza hacia el Estado continúa en el quinto libro, donde el hilo argumental que más presencia tiene a lo largo de sus 766 páginas es el incierto presente y futuro del colegio Hogwarts. Éste siempre había sido un colegio privado, sobre cuyos profesores y programas el gobierno no tenía casi control. En "La orden del fénix" vamos asistiendo a una serie de decretos del Ministerio de Magia, por las que poco a poco va haciéndose con el control de la escuela… arruinando de paso la educación de los jóvenes magos.
No obstante, esta serie es, sobre todo, literatura fantástica para niños muy bien escrita, con personajes interesantes y bien descritos, con relaciones razonablemente creíbles entre ellos. Niños magos que viven aventuras, pero que te crees que son niños. Pero, si encima viven en un mundo liberal, ¿para qué quejarnos?

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