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Columna publicada el 07-08-2003
Los micropagos son un viejo intento de cobrar a los usuarios de Internet por los contenidos que disfrutan. La idea es cobrar cantidades muy pequeñas, del orden de un céntimo de euro, o incluso una fracción de esa cantidad, por cada página visitada. Algunas compañías, con nombres tan, digamos, originales como Flooz o Beenz, lo intentaron hace ya algunos años. Pero entonces el temor de las empresas era no tener presencia en Internet y cobrar, aunque fuera poco, era una rémora excesiva.
Ahora los tiempos han cambiado, y las empresas empiezan a vender contenidos con sistemas como bonos o suscripciones. Una parte de los internautas empieza a no ver tan mal la idea de pagar por ver, siempre que sea poco. Los micropagos podrían ser una solución al problema de muchos sitios web pequeños y medianos que no ganan con publicidad lo suficiente como para sobrevivir.
Recientemente, dos empresas de nueva creación, fundadas por universitarios según la costumbre ancestral de la Red, han vuelto a poner sobre la mesa la posibilidad del micropago. Una es BitPass, que te exige la compra de un monedero virtual del que las páginas van cogiendo dinero según visitas contenido de pago, y la otra PepperCoin, que une numerosos micropagos en una sola cuenta, para después distribuirla entre los sitios web visitados. El objetivo de ambas es reducir el dinero que se llevan de comisión Visa, Mastercard y demás compañeros de faena: un mínimo de 25 céntimos de dólar por transacción, lo que resulta un poco excesivo para pagos de un céntimo.
Pero a precios tan bajos, el problema ya no es la cantidad que se cobra, sino el esfuerzo exigido al usuario, que debe darse de alta en uno o más servicios de esta índole para ver sus páginas favoritas y decidir en cada pulsación si merece la pena o no cada artículo. Si ya nos cuesta darnos de alta en registros gratuitos como el de The New York Times, imaginen si además hay que registrarse para pagar.
Daniel Rodríguez Herrera es editor de Programación en castellano.

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