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Trump le da una paliza al fútbol americano

El presidente podrá ser incapaz de gestionar las complejidades de Washington, pero no cabe duda de que es un maestro usando contra sus rivales lo peor de ellos mismos.

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Donald Trump | EFE

Donald Trump tiene un pequeño problema: no ha conseguido que el Congreso haya aprobado ninguna ley importante de las que prometió. Sin duda, los republicanos –especialmente en el Senado– han sido muy responsables de ese fracaso, pero la falta de interés de Trump en los detalles legislativos y su reluctancia a negociar con los congresistas también han jugado su parte. Ahora bien, donde el presidente de EEUU está cosechando un triunfo tras otro es en otro importante frente de batalla, uno donde no suelen luchar los políticos de derechas: la guerra cultural. Su última victoria frente a la liga profesional de fútbol americano (NFL) ilustra perfectamente lo bien que utiliza su posición para derrotar a instituciones corroídas hasta la médula por la izquierda.

En primer lugar, hay que elegir bien el campo de batalla. En un país con tanta raigambre del patriotismo como Estados Unidos, hay ciertos símbolos que son sagrados para buena parte de la ciudadanía. También en los acontecimientos deportivos. Cantar el himno antes de los partidos de béisbol, por ejemplo. O que los jugadores de fútbol lo escuchen de pie, con la mano en el corazón, antes de cada encuentro. La temporada pasada, para protestar por lo mal que se trata a los negros en el país, un mediocre quarterback llamado Colin Kaepernick decidió arrodillarse durante el himno. Lo que aquí podría ser incluso un gesto de mayor respeto, allí fue considerado un ultraje. Si hubiera sido un Messi del balón ovalado, se lo podría haber permitido. Esta temporada está sin equipo.

El comisionado de la NFL, un inútil llamado Roger Goodell, decidió permitir este tipo de protestas, de modo que unas cuantas decenas de jugadores decidieron seguir el ejemplo de Kaepernick. Pero los fans del fútbol americano, al contrario que los de la NBA, por ejemplo, tienden a situarse más a la derecha del espectro político, de modo que se toman estas cosas especialmente en serio. La audiencia lleva tiempo bajando, bajo el gobierno de Goodell, y al comienzo de este año la caída ha sido más pronunciada. Era, en definitiva, un terreno fértil para que Trump hiciera de las suyas, de modo que lo hizo a la manera habitual, escribiendo un tuit en que decía que todos los jugadores que se arrodillaban deberían ser despedidos.

Es casi una firma: escoge un tema en el que la mayoría de los americanos, no digamos ya su base electoral, está de acuerdo con él y en el que la élite discrepe del vulgo. Tiene la ventaja de que parece darle igual que lo insulten los biempensantes; casi parece que lo disfruta. Así que lo fuerza y exagera diciendo una barbaridad que le asegure que telediarios y periódicos pongan el foco donde él quiere que lo pongan. Y al tener una cobertura 24/7 de un asunto en el que el público le da la razón, termina consiguiendo que los medios, casi unánimemente contrarios a él, trabajen en su favor.

Lo que sucedió después de sus tuits fue previsible: casi todos los jugadores optaron por arrodillarse en solidaridad... pero tanto la audiencia como la venta de entradas descendieron peligrosamente. Podrían haber elegido cualquier forma de protestar contra Trump, pero, como era previsible, decidieron hacerlo de una manera que los espectadores consideran ofensiva. Así que el bobo de Goodell se ha visto forzado a emitir un comunicado en el que afirma: "Como la mayoría de nuestros fans, creo que todo el mundo debería permanecer de pie cuando suena el himno".

Una institución que, como le ha sucedido a tantas otras en el pasado, estaba siendo politizada por la izquierda se ha visto obligada a frenar esa deriva porque las muy inteligentes y sensibles élites son incapaces de resistirse al cebo que Trump les pone delante una y otra y otra vez. Pican y pican y vuelven a picar, los demócratas en este río de tuits. El presidente podrá ser incapaz de gestionar las complejidades de Washington, pero no cabe duda de que es un maestro usando contra sus rivales lo peor de ellos mismos.

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