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El as en la manga de Berlusconi

Dario Migliucci

&quote&quoteLos políticos italianos deberían ruborizarse de vergüenza pensando en que dos miembros de la nueva administración de EEUU acaban de dimitir por unos problemas fiscales que comparados con lo de Milán no son nada más que pequeñeces sin ninguna importancia.

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El abogado inglés Davis Mills acaba de ser condenado a cuatro años y seis meses de cárcel por el tribunal de Milán. Según los jueces, la sociedad Fininvest –empresa de la familia de Silvio Berlusconi– le ingresó seiscientos mil dólares para que mintiera en dos procesos en los que el premier italiano estaba siendo juzgado por cuestiones de sobornos y de falsedad en los balances. No cabe duda de que se trata del enésimo golpe para la democracia italiana, sin embargo el teatro en el que se ha consumado esta tragedia es tan grotesco que más de un italiano habrá reaccionado ante la noticia con una histérica carcajada. En suma, reír por no llorar.

Hay que señalar que la sentencia no tendrá ninguna consecuencia sobre Berlusconi. Gracias a una ley aprobada por su mismo Gobierno y contra la cual la oposición no hizo demasiada oposición, el Cavaliere podrá quedarse cómodamente sentado en su silla de mando. Es decir, puede que Italia sea el único lugar del mundo donde una persona puede ser corrupta sin que nadie la haya corrompido. Sin embargo, todavía hay más: para reparar el daño de imagen que ha provocado al Gobierno, Mills tendrá que ingresar doscientos cincuenta mil euros al mismo Ejecutivo, una decisión extravagante considerando que el presidente es precisamente Berlusconi.

Tal como ha destacado el ex juez anti-corrupción Antonio Di Pietro, ante semejante sentencia el jefe del Gobierno de un país normal ya habría dimitido. Sin embargo, Italia sigue sin parecer un país normal: no sólo Berlusconi no dimite, sino que el más grande movimiento de la oposición, el Partido Demócrata, se ha abstenido incluso de sugerirle tal opción. Los políticos italianos deberían ruborizarse de vergüenza pensando en que dos miembros de la nueva administración norteamericana acaban de dimitir por unos problemas fiscales que comparados con la sentencia de Milán no son nada más que pequeñeces sin ninguna importancia. Con todo, es evidente que en los países anglosajones la cuestión moral se toma mucho más en serio que en Italia, como prueba el hecho de que a causa de este penoso asunto la ministra británica Tessa Jowell se haya encontrado en más apuros que el propio Berlusconi, y eso tan sólo por ser la ex esposa de Mills.

Por el contrario, el veredicto no ha logrado perturbar el sueño del Cavaliere, que puede estar seguro de que la mayoría de los italianos seguirá apoyándolo a pesar de sus incesantes problemas con la justicia.

Berlusconi, de hecho, tiene unos cuantos ases en la manga. Y es que puede contar con el hecho de que los electores del Bel Paese están tan acostumbrados (o quizás resignados) a los escándalos judiciales que involucran a sus representantes, que ya ni siquiera consiguen indignarse. De manera continuada, el primer ministro italiano recibe el reiterado amparo de sus televisiones, las cuales cada día recuerdan a los ciudadanos los logros del Gobierno "olvidando" mencionar las peripecias judiciales de su jefe. Sin embargo, el verdadero comodín de Berlusconi es la izquierda italiana, siempre dispuesta a acudir en su ayuda.

De hecho, el veredicto del proceso contra Mills ha quedado ensombrecido en todos los periódicos por otra noticia: la dimisión del número uno del Partido Demócrata italiano, Walter Veltroni, quien ha decidido arrojar la toalla tras la derrota en los comicios regionales de Cerdeña. Toda una paradoja: el día en que debería haber dimitido el jefe del Gobierno, ha dimitido el jefe de la oposición.

Con la complicidad de una izquierda incapaz, Berlusconi parece inmune incluso a las crisis de popularidad que todos los presidentes, en todos los rincones del planeta, acaban padeciendo tras quedarse muchos años en el poder. En Italia, por el contrario, pese a sus macroscópicos aprietos judiciales, Berlusconi continúa siendo muy popular después de más de 15 años en la política, y su estrella parece estar muy lejos de apagarse. Pero Italia –ya lo hemos dicho– no es una nación como todas las demás. Quizás tenía razón Giulio Andreotti, que tras lograr convertirse por séptima vez en el presidente del Gobierno de Roma, destacó que también en Italia el poder desgasta a los políticos, pero "tan sólo a quienes no disfrutan de él".


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