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6-VI-2010

Colombia reconoce el legado de Uribe

Además de otros éxitos en los terrenos social y económico, el principal legado de Uribe en Colombia ha sido convertir la lucha contra el terrorismo narcomarxista de las FARC en una política institucional que ningún partido político se atreve a cuestionar. Todas las formaciones concurrentes a las elecciones presidenciales de Colombia, con la matizable excepción de los socialistas de Gustavo Petro, consideran un elemento intocable la “seguridad democrática” que Uribe ha defendido en sus dos mandatos, y los distintos candidatos compiten en mostrarse implacables contra los terroristas como requisito imprescindible para tener alguna posibilidad de llegar a la presidencia colombiana.

Gracias a los esfuerzos de Uribe, el terrorismo de las FARC ha dejado de encabezar la lista de las preocupaciones de los colombianos, que han empezado a olvidar los tiempos en que debían recluirse para evitar los atentados y secuestros con que los terroristas tuvieron amenazado al país durante largos años. No es de extrañar, por tanto, que Juan Manuel Santos, el candidato identificado con la política continuista del presidente saliente, haya cosechado un resultado aplastante en la primera fase de las presidenciales, que le sitúa como virtual ganador a falta de consumar el trámite de la segunda vuelta a celebrar este próximo veinte de junio.

Su rival, un pintoresco Atanas Mockus al frente del Partido Verde, sólo puede apelar a un improbable acto de apoyo masivo de todas las formaciones derrotadas en la primera vuelta, sumado a la incorporación de buena parte de los partidarios de la abstención, que en Colombia tradicionalmente ha rondado el cincuenta por ciento, para tener alguna posibilidad en su camino a una presidencia del país que, a fecha de hoy, parece estar completamente fuera de su alcance.

Haciendo gala de su impecable respeto por los usos democráticos y la normativa electoral de su nación, Uribe no ha mostrado en ningún momento su apoyo al candidato del “Partido de la U”, denominación por sí suficientemente elocuente, pero tampoco era necesario. Los mensajes electorales son claros y los colombianos han decidido apostar por la continuidad del proyecto del que tal vez haya sido uno de los mejores presidentes que ha dado la triste historia reciente de Hispanoamérica. Por el lado opuesto llama la atención la discreción de Hugo Chávez, sempiterno entrometido en la política interna de los países de la zona, que sólo ha emitido alguna que otra bravuconada, en la línea grotesca del personaje, amenazando con una supuesta guerra entre vecinos si José Manuel Santos llega al poder. El histrión marxista se ha cuidado mucho de apoyar a alguno de los rivales de Santos consciente de que el gesto certificaría inmediatamente la derrota absoluta del beneficiario de su respaldo, cosa que, desgraciadamente, no ocurre en todos los países hispanoamericanos que han de sufrir las injerencias del personaje.

Álvaro Uribe abandonará en las próximas semanas la presidencia de un gran país, dejando a sus compatriotas una nación mucho más digna, decente y próspera que la que encontró cuando llegó al poder hace ocho años. El mejor homenaje que los colombianos podrían hacerle es precisamente el que están a punto de llevar a cabo, eligiendo para sucederle al candidato que representa la continuidad de su exitosa política contra el terror y el marxismo, basada en la firmeza militar y la vigencia del estado de Derecho. Si la segunda vuelta de las presidenciales colombianas arroja el resultado previsto, Uribe pasará a la historia de Colombia no sólo como uno de sus mejores presidentes, sino también, y quizás esto sea más importante, como el constructor de una senda democrática que los aspirantes a sucederle no han vacilado en reconocer como la única válida para mantener la dignidad de la nación.


 

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