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Sólo nueve meses después del debate de investidura, el continuista gabinete que Zapatero presentó está completamente desgastado. La causa principal está siendo, como era de prever, la crisis económica; la misma que, en abril, era pura fabulación del PP y de ciertos medios de comunicación que, en palabras del presidente del Gobierno eran "antipatriotas". Al final ha resultado que la crisis iba en serio y las advertencias del primer semestre estaban más que justificadas.
No querer ver la realidad construyendo una realidad alternativa para terminar creyéndose la propaganda fabricada con objeto de ganar las lecciones, ha abocado al Gobierno a permanecer a la defensiva. Los primeros en notarlo han sido sus ministros, especialmente el de Economía y Hacienda que es, de lejos, quien más y mejor se ha significado en la negación sistemática de algo que tenemos encima desde hace meses. A Pedro Solbes no sólo le pesa el pasado –no debe olvidarse que fue el ministro del ramo durante la última crisis– sino el presente. Y mucho.
El ministro no ha sabido o no ha querido ver las señales que, desde hace casi dos años, indicaban que se avecinaba una recesión económica de gran envergadura. Cuando, a principios de año, la inflación se disparó y se encendieron las alarmas en el sector de la construcción, lejos de reconocer la situación y tomar medidas, articuló un discurso bobo, triunfalista y plagado de mentiras que, sólo unos meses después, le ha terminado por pasar factura. Su gestión de los primeros compases de la crisis no ha sido menos deficiente. A día de hoy el Gobierno no ha hecho más que dar palos de ciego y promesas vacías a cuenta del contribuyente, mientras la lista del INEM crece de manera descontrolada y la confianza de los españoles en el futuro se desploma a niveles históricos.
Pero Solbes no es el único. Celestino Corbacho, traído de la taifa catalana a modo de ministro catalán de cuota, está siendo el peor ministro de Trabajo en varias décadas. Las cifras de desempleo a finales de este año van a pulverizar todos los récords a pesar de las continuas triquiñuelas con las que trata de adornarlas. Si la conflictividad social no ha ido a más se debe a que los sindicatos permanecen aún domesticados por el Gobierno, y queda dinero en la caja para ir tirando de subsidios unos meses más. A lo largo del año próximo estas dos "bendiciones" que no han aguado todavía la fiesta ministerial a Corbacho podrían acabarse y es muy dudoso que el ex alcalde de Hospitalet salga bien librado.
De Magdalena Álvarez o Miguel Ángel Moratinos podría decirse otro tanto. Fueron un desastre durante la anterior legislatura y en esta nos están ofreciendo una reedición corregida y aumentada de su incapacidad. La razón por la que Zapatero siguió confiando en ellos tras la victoria de marzo es un misterio, como lo es que a estas alturas mantengan el tipo y la cartera con la pésima gestión que han desempeñado en sus respectivos departamentos. Tanto Álvarez como Moratinos deberían salir del Ejecutivo lo antes posible, pues un lustro de desbarajuste en Fomento y Exteriores es más que suficiente.
La lista podría extenderse. El polémico Bernat Soria no pasa de inoportuno ariete ideológico en un ministerio vacío de competencias como el de Sanidad. Rubalcaba no debería seguir siendo ministro de Interior tras la absurda farsa de la negociación con la ETA cuyo fruto final han sido los cuatro muertos de este año. Las excentricidades y simplezas de Bibiana Aído no la justifican a ella ni a su ministerio, que no es más que un terminal propagandístico que cuesta un dineral cada año.
Zapatero no tiene planes de hacer cambios en el Gobierno por lo que entendemos que hace suyos los excesos e ineptitudes de su Gabinete. Queda casi toda la legislatura por delante. Con estos mimbres no puede llegar muy lejos. Y no lo hará, porque, aunque él lo niegue, el Gobierno sí está en crisis.
No querer ver la realidad construyendo una realidad alternativa para terminar creyéndose la propaganda fabricada con objeto de ganar las lecciones, ha abocado al Gobierno a permanecer a la defensiva. Los primeros en notarlo han sido sus ministros, especialmente el de Economía y Hacienda que es, de lejos, quien más y mejor se ha significado en la negación sistemática de algo que tenemos encima desde hace meses. A Pedro Solbes no sólo le pesa el pasado –no debe olvidarse que fue el ministro del ramo durante la última crisis– sino el presente. Y mucho.
El ministro no ha sabido o no ha querido ver las señales que, desde hace casi dos años, indicaban que se avecinaba una recesión económica de gran envergadura. Cuando, a principios de año, la inflación se disparó y se encendieron las alarmas en el sector de la construcción, lejos de reconocer la situación y tomar medidas, articuló un discurso bobo, triunfalista y plagado de mentiras que, sólo unos meses después, le ha terminado por pasar factura. Su gestión de los primeros compases de la crisis no ha sido menos deficiente. A día de hoy el Gobierno no ha hecho más que dar palos de ciego y promesas vacías a cuenta del contribuyente, mientras la lista del INEM crece de manera descontrolada y la confianza de los españoles en el futuro se desploma a niveles históricos.
Pero Solbes no es el único. Celestino Corbacho, traído de la taifa catalana a modo de ministro catalán de cuota, está siendo el peor ministro de Trabajo en varias décadas. Las cifras de desempleo a finales de este año van a pulverizar todos los récords a pesar de las continuas triquiñuelas con las que trata de adornarlas. Si la conflictividad social no ha ido a más se debe a que los sindicatos permanecen aún domesticados por el Gobierno, y queda dinero en la caja para ir tirando de subsidios unos meses más. A lo largo del año próximo estas dos "bendiciones" que no han aguado todavía la fiesta ministerial a Corbacho podrían acabarse y es muy dudoso que el ex alcalde de Hospitalet salga bien librado.
De Magdalena Álvarez o Miguel Ángel Moratinos podría decirse otro tanto. Fueron un desastre durante la anterior legislatura y en esta nos están ofreciendo una reedición corregida y aumentada de su incapacidad. La razón por la que Zapatero siguió confiando en ellos tras la victoria de marzo es un misterio, como lo es que a estas alturas mantengan el tipo y la cartera con la pésima gestión que han desempeñado en sus respectivos departamentos. Tanto Álvarez como Moratinos deberían salir del Ejecutivo lo antes posible, pues un lustro de desbarajuste en Fomento y Exteriores es más que suficiente.
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Zapatero no tiene planes de hacer cambios en el Gobierno por lo que entendemos que hace suyos los excesos e ineptitudes de su Gabinete. Queda casi toda la legislatura por delante. Con estos mimbres no puede llegar muy lejos. Y no lo hará, porque, aunque él lo niegue, el Gobierno sí está en crisis.

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