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14-I-2005

Ibarreche lo tiene claro, ¿y Zapatero?

Cuatro horas duró una reunión en la que, oficialmente, no se iba a negociar nada. El presidente del Gobierno y el de la Comunidad Autónoma vasca sostuvieron en la tarde de ayer una absurda farsa que vino a confirmar lo que ya muchos antes habían previsto, es decir, el diálogo con los nacionalistas no existe y la decisión de Juan José Ibarreche de tirar para delante es definitiva e inamovible.
 
Por un lado, no deja de sorprender cuál es el concepto de diálogo y negociación que tiene el lehendakari. El proyecto de reforma estatutaria no admite discusión; o se toma o se deja. Si se toma Ibarreche se lava las manos y las consecuencias que de esa decisión suicida se derivarían son de sobra conocidas. Si se deja, el presidente vasco daría por cerrado el círculo y, automáticamente, convocaría un plebiscito para su aprobación en las tres provincias vascas. No existe vuelta atrás, no hay lugar a engaños
 
Por otro, es cuando menos curioso que un político que se llena la boca -a la mínima que tiene oportunidad para ello- de buenas palabras de tolerancia, diálogo y entendimiento sea, en la práctica, tan intransigente en sus postulados. La oferta que hizo ayer en la puerta del Palacio de la Moncloa no puede ser más indicativa de esto. Iba cargada de ese veneno lento de las amenazas que viene inoculando a la sociedad española desde que fue investido lehendakari hace seis años. Ibarreche no pudo ser más claro, empezó su intervención en vascuence, con  todo el significado que ello entraña, y reservó la parte en español del discurso para desgranar los motivos por los que se había dignado a viajar a la capital.
 
Su propuesta, dijo, “no es para romper, es para convivir con España”. Su propuesta quizá, la región a la que representa ya convive con el resto de España desde hace siglos aunque a él y a sus socios abertzales no les guste lo más mínimo. El presunto nuevo “modelo de relación entre Euskadi y España” es en sí mismo una aberración porque una cosa no es distinta de la otra, el País Vasco es una parte de un cuerpo nacional y jurídico conocido como Reino de España y, por lo tanto, sólo a través de una Ley acorde para toda la Nación pueden darse modificaciones para cualquiera de sus regiones. El País Vasco es una región y, por mucho que se empeñe el partido que allí gobierna, sus legisladores no pueden saltarse a la torera las leyes que rigen en el resto del país. El llamado Plan Ibarreche se las salta, dinamita la Ley principal que regula la convivencia de todos y vulnera el principio de soberanía en ella contenido. El resto son juegos florales en politiqués –a los que son tan dados nuestros representantes– y amenazas de matón de barrio.
 
El tapete está limpio y las cartas boca arriba. La minoría secesionista vasca no va a dar su brazo a torcer. El presidente del Gobierno se encuentra en una disyuntiva histórica, nunca antes desde que España se reencontró a sí misma en la Transición a la democracia un inquilino de la Moncloa se había encontrado con semejante órdago encima de la mesa. Lo siguiente será presentar el Plan en el Congreso de los Diputados. De manera que el proyecto es abiertamente inconstitucional, éste será devuelto al Parlamento de Vitoria para su remache y ajuste a Carta Magna. Y volvemos al punto de partida. Si el Plan no es aprobado intacto el lehedakari se reserva la prerrogativa –también ilegal– de convocar a los ciudadanos de su Comunidad Autónoma para dirimir en la urnas lo que ha sido rechazado en la Cortes. Entonces el Gobierno tendrá que demostrar hasta que punto es el representante de todos y cada uno de los ciudadanos de esta gran Nación que se llama España y que tiene la intención de seguir llamándose así durante muchos años. Juan José Ibarreche parece que está a la altura de su delirio nacionalista y excluyente. ¿Estará José Luis Rodríguez Zapatero a la altura de lo que nosotros, sus compatriotas, esperamos de él?

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