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La CNMV destruye la buena imagen de España

Y todo para que, al final, quien controle la primera eléctrica española, ya privatizada, sea una empresa propiedad en buena parte del Estado italiano.

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Uno de los principales factores que llevan a un inversor a poner su dinero en un país determinado es la confianza en que el Estado no va a meter demasiado la nariz en el negocio en el que ha decidido jugarse los cuartos. Esa sensación de seguridad ha sido uno de los principales activos de España a la hora de pugnar por esa inversión. Y, en buena medida, esas buenas notas que había sacado nuestro país ante los inversores extranjeros se la ha llevado por delante el afán de Zapatero de vengarse de Pizarro por haber impedido que triunfara su plan de que Gas Natural se hiciera con una parte considerable de Endesa.

La institución que ha salido peor parada de todo este proceso es la CNMV. Cierto es que su comportamiento no ha sido tan exageradamente servil y sectario como el de la CNE, pero el organismo dirigido por Maite Costa no deja de estar limitado a un solo sector, importantísimo, pero que no deja de ser sólo uno. En cambio, la CNMV es el regulador de los mercados financieros y, por tanto, su intervención puede sentirla el inversor extranjero en cualquier momento.

Si atendemos sólo a lo sucedido estas últimas semanas, desde la irrupción de la empresa estatal italiana, ya llama la atención el comportamiento de la CNMV. Cualquier regulador sensato hubiera obligado a hacer una OPA a la italiana en cuanto hubieran salido a la luz sus tratos con el Gobierno. Habría permitido a E.On comprar acciones en el mercado, pues lo contrario ha perjudicado al pequeño accionista y al único que ha cumplido las reglas y jugado limpio, que ha sido la compañía alemana. Habría sancionado a Enel y Acciona por actuar en concierto para hacerse con Endesa, y por interferir en la OPA actualmente en curso. No sólo no ha hecho nada de esto, sino que su vergonzosa actuación no supone sino una gota más sobre el océano de arbitrariedad y mala fe que la ha presidido desde que Manuel Conthe tomara las riendas.

La Comisión Nacional del Mercado de Valores, como tantos otros organismos estatales, se justifica a sí misma en nombre de la defensa del más desvalido, en este caso, el pequeño accionista. En vista de su actuación en el proceso en que más accionistas minoritarios están implicados, cabe preguntarse si la imprescindible dimisión de Conthe no sería más que un torpe maquillaje.

Y todo para que, al final, quien controle la primera eléctrica española, ya privatizada, sea una empresa propiedad en buena parte del Estado italiano.


 

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