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Más allá de los coches oficiales

Si el PP quiere ser una decente alternativa de gobierno en las generales de 2012 y si tiene la intención de evitar que el país se dirija hacia el abismo, deberá comenzar por meterle un serio tijeretazo al Estado autonómico.

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Hace bien el PP en tratar de regenerar su imagen de partido austero y responsable de cara a las elecciones autónomas y municipales. No en vano, el ayuntamiento y la comunidad autónoma con más deuda por habitante de toda España llevan más de quince años bajo la administración de los populares. Es cierto que frente a esta turbia imagen el PP puede acreditar ante sus votantes indiscutibles éxitos de gestión como el de la Comunidad de Madrid –la región con menor déficit público y que con mucha diferencia menos ha aumentado su deuda durante esta crisis–, pero, por desgracia, la extraordinaria gestión de Aguirre puede no consolar demasiado a los potenciales votantes de otros políticos más dispendiosos como Gallardón o Camps.

También acierta el PP al recortar el gasto de la casta política –consejerías, altos cargos, coches oficiales…–, la única que hasta el momento no se ha apretado en absoluto el cinturón durante esta crisis, sino que ha continuado dilapidando el cada vez más escaso dinero de los ciudadanos en conservar sus privilegios y sus redes clientelares.

Se equivoca el PP, sin embargo, en limitar sus promesas de austeridad a la parte más visual y por ello escandalosa del Estado autonómico. Las medidas cosméticas son ciertamente imprescindibles por cuanto el ciudadano no puede estar sufriendo en sus carnes las inclemencias de la crisis mientras ve que las prebendas de los políticos no dejan de aumentar. Pero las medidas cosméticas no bastan para resolver los problemas de fondo: la hipertrofia de las autonomías, con sus carísimas duplicidades, con sus miles de funcionarios redundantes, con sus inflados gastos presupuestarios destinados a construir pequeños Estados al margen o en contra de España, con sus caciques regionales obsesionados en pasar a la historia merced a gastos faraónicos y con sus fundaciones y empresas públicas convertidas en pantallas para canalizar masivos e inconfesables despilfarros.

El Estado central ha ajustado tímidamente sus gastos y deberá hacerlo mucho más si espera volver a generar algún superávit que nos permita amortizar toda nuestra deuda pública. Pero las autonomías ni siquiera han comenzado a reducir sus derroches, pese a que ya manejan un volumen de recursos superior al de la Administración central. Si el PP quiere ser una decente alternativa de gobierno en las generales de 2012 y si tiene la intención de evitar que el país se dirija hacia el abismo, deberá comenzar por meterle un serio tijeretazo al Estado autonómico. De momento, se ha hecho más hincapié en la fotografía y en el slogan que en los planes concienzudos para reconducir los déficits autonómicos. Esperemos que los recortes vayan más allá de lo anunciado este domingo; aunque con Rajoy al frente, probablemente no despejaremos la incógnita antes de los comicios de mayo y, después de ellos, sólo descubriremos que los populares manirrotos seguirán siéndolo y que las populares austeras continuarán dando ejemplo de qué principios deberían inspirar a todo el Partido Popular.


 

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