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No son sindicalistas, son políticos

Esperanza Aguirre es la única figura nacional que no les ríe las gracias, no habla de diálogo social y no se apunta a la mala costumbre de quitar el dinero a unos trabajadores para dárselo a otros sólo porque chillen más: es una rival ideológica.

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Si a alguien le cabía alguna duda de que la principal y prácticamente única función de los sindicatos mal llamados "de clase" UGT y CCOO es hacer oposición al PP, su actuación en los últimos meses debería despejarlas por completo. Ante la peor crisis económica de la democracia, los liberados sindicales a los que pagamos el sueldo emplean su tiempo no en protestar contra el Gobierno central sino contra el de una autonomía, la madrileña, que no es ni de lejos la que peores cifras de paro presenta.

El boicot a la Asamblea de Madrid no es el primer episodio de esta obsesión contra Esperanza Aguirre, aunque sí es de los más graves. Los sindicalistas han pasado de disfrazarse de médicos hasta a agredir al consejero Güemes, pero nunca han levantado la voz contra el Gobierno de los cuatro millones de parados, el Gobierno que se ríe del drama del paro, el Gobierno más incapaz de nuestra historia democrática en la política económica. Eso sí, se han manifestado contra la Comunidad de Madrid porque "está sufriendo más la crisis que otras". El caso es que la tasa del paro en esta región es del 13,49%, bastante por debajo de la media nacional del 17,36%. Y los sindicatos no se han manifestado en Andalucía (24,04%) o Extremadura (21,75%).

¿Qué excusa pueden dar los sindicatos ante este evidente doble rasero? Evidentemente, ninguna. Al menos mientras quieran seguir simulando ser defensores de los trabajadores y no de una ideología política y de unos partidos que los tratan especialmente bien. La razón por la que se manifiestan contra Aguirre, recurriendo incluso a apedrear la sede del parlamento regional y amenazar con visitas futuras armados con dinamita, es porque el PSOE se sabe incapaz de vencer por medios legítimos y echa mano de lo que tiene alrededor, esperando que los ciudadanos echen la culpa de las huelgas de servicios públicos no a quienes las realizan sino a quienes las sufren.

Esperanza Aguirre es, además, la única figura nacional que no les ríe las gracias, no habla de diálogo social y no se apunta a la mala costumbre de quitar el dinero a unos trabajadores para dárselo a otros sólo porque estos últimos chillen más. Es, en definitiva, una rival ideológica, y la discrepancia es algo que no pueden permitir bajo ningún concepto. De ahí que la inexistente beligerancia ante el Gobierno del paro se transforme en ofensiva furiosa contra el Ejecutivo de Aguirre.

Es posible que esta forma ilegítima y subvencionada de oposición no funcione, porque la gente no es tonta y semejante diferencia de trato entre gobiernos de distinto signo es demasiado llamativa. Pero aún así no debería salir gratis a quienes la perpetran. Los sindicatos disfrutan de unos fondos públicos que no están empleando para lo que están destinados, la defensa de los trabajadores, sino para hacer política. Pues como partidos políticos deberían ser tratados, sin recibir ni un céntimo de dinero público mientras no tengan representación. Quizá sea el momento de que las administraciones gobernadas por el PP den ese primer paso. Evidentemente, los jefes políticos de UGT y CCOO no lo van a hacer.

Los sindicatos "de clase" pudieron tener una razón de ser en un momento histórico determinado, pero carecen ya de utilidad como mecanismos para que los trabajadores se asocien y defiendan sus intereses y han quemado su legitimidad a base de hacer política partidista. Es momento, por tanto, de que pierdan sus privilegios.


 

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