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Columna publicada el 05-01-2009
Sólo faltaba el PP para anunciar su candidato a las próximas elecciones europeas. A menos de seis meses para los comicios, los de Rajoy todavía no habían presentado un cabeza de cartel a su electorado. No se trataba, desde luego, de un compás de espera destinado a captar votos por la vía del efecto sorpresa, sino de una complicada decisión de Rajoy para sobrevivir políticamente a 2009.
Después de dos derrotas ante Zapatero, el gallego jugó la ultima carta que le quedaba para intentar llegar a la Moncloa: suceder a Zapatero. Para ello tuvo que abandonar cualquier parecido con un discurso liberal-conservador, limpiar al partido de "dinosaurios" aznaristas y romper puentes con los medios de comunicación que habían apoyado su candidatura hasta entonces.
Ya antes del célebre Congreso de Valencia, Rajoy animó sin miramientos a que los liberales y los conservadores se fueran del PP: éste no era su partido, tal vez lo fue en otros tiempos, pero las cosas habían cambiado definitivamente. La dureza de estas advertencias fue comprobándose de inmediato: la vieja guardia de Aznar fue cayendo poco a poco. Primero Zaplana, luego Acebes. Sólo quedaba Mayor Oreja en un puesto de cierta responsabilidad, por lo que siguiendo la nueva estética marianista, cabía esperar que no repitiera como candidato a las europeas.
Incluso se tenía ya pensado al cabeza de cartel que encarnara mejor que nadie la esencia de este nuevo marianismo centrista también apodado "liberalismo simpático", el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. Claro que a estas alturas de la película no estaba claro si Gallardón representaba al marianismo o éste no era más que la penúltima metamorfosis del gallardonismo arrioliano, esa mojigatería típica de la derecha más reaccionaria de nuestro país que ya desde Fraga quería pasar por moderna a fuer de presentarse como antiliberal y asimilable a la izquierda.
El riesgo, por tanto, era grande. Después de la doble noche electoral gallega y vasca del 1 de marzo, una victoria de Gallardón probablemente habría sido el golpe definitivo para Rajoy: sí, la cara amable del PP convence, pero sólo con Gallardón, el auténtico niño mimado de Prisa y los "intelectuales" de izquierdas. Si, por el contrario, el alcalde fracasaba, el camino escogido por Rajoy habría demostrado que no funciona ni en las mejores condiciones.
Así que el gallego ha optado finalmente por no arriesgar demasiado. Ha vuelto a colocar a Mayor Oreja al frente de las europeas, de modo que si el resultado electoral no es catastrófico (al menos, empate técnico con el PSOE) habrá salvado la papeleta; y si lo es, siempre podrá hacerle cargar con el muerto al vasco y, por extensión, al aznarismo. Es la última esperanza que le queda a Rajoy para llegar vivo a 2012.
Sin embargo, esta estrategia cobarde no debería hacernos olvidar lo evidente: Rajoy ya ha volado demasiados puentes como para que cualquier amago de acercarse al antiguo PP se confunda con una rectificación honesta que permita juzgar electoralmente al aznarismo en las europeas. No, en junio quien se la juega es Rajoy ante sus votantes, como bien sabe él mismo al demorar durante tanto tiempo la elección de un candidato. No sería bueno ni para el PP ni para España que el gallego siguiera convirtiendo sus derrotas en unas supuestas victorias que sigan dando oxígeno a un líder incapaz de hacerle frente a Zapatero en el peor momento de la historia económica de la democracia.
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