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ETA mata para lograr la independencia del País Vasco, incluyendo en esa nación hasta hoy imaginaria Navarra y tres departamentos franceses. El resto de exigencias, como el acercamiento de presos etarras o incluso una posible amnistía, no son más que una consecuencia de las décadas de crímenes del terrorismo nacionalista vasco, pero jamás han constituido la reivindicación primigenia, aquella por la que nació la banda asesina. A lo largo de los años, esa exigencia se ha camuflado retóricamente bajo los eufemismos de "autodeterminación", "ámbito de decisión vasco" o, durante los últimos años, "derecho de los vascos a decidir su futuro". Hoy Zapatero, el presidente del Gobierno español, ha dado su beneplácito a la última de estas fórmulas, empleando las mismas palabras que los etarras.
Ante este hecho objetivo, impensable e inimaginable durante los gobiernos anteriores de España, la indignación que producen las formas en que Zapatero ha realizado el anuncio pasan a segundo plano. Había prometido convocar la Comisión de Secretos Oficiales y no lo ha hecho. Había prometido convocar el Pacto Antiterrorista y no lo ha hecho. Había prometido comparecer en el Parlamento y recibir el apoyo de los nacionalistas para la puesta de largo del proceso de rendición, y ha tomado la sede del legislativo como la sala de prensa de Moncloa, sin comparecer ante quienes ostentan la representación de la soberanía nacional ni permitir, siquiera, las preguntas de los periodistas. La única promesa cumplida en su comparecencia ha sido la de hacerla en junio, tal y como ETA le había exigido a través de Gara. Zapatero, por tanto, cumple antes con las directrices de una banda asesina que con aquellas a las que él mismo se había comprometido.
El discurso del presidente comenzó de forma impecable para quienes están aún dispuestos a tragar con su retórica vacía y solemne o, más bien, para que los telediarios pudieran escoger los cortes anestésicos de su discurso. Aún así, comenzó refiriéndose a unas "acciones" que han desaparecido "prácticamente", pocas semanas después de que Rubalcaba perjurara que había cesado por completo. Verificada la voluntad inequívoca de ETA de seguir presionando por medio de la extorsión y el terrorismo callejero, lo único que quedaba por certificar es si el presidente del Gobierno mentiría al respecto de forma clara y abierta o se escondería tras un eufemismo. Volvió, no obstante, a certificar su intención de mantenerse dentro de "la legalidad" y a no pagar ningún "precio político", algo difícil de creer en quien es incapaz de mantener siquiera las promesas hechas hace menos de un mes y referidas exclusivamente a las formas en las que iba a hacer oficial el principio del comienzo del fin de la resistencia al terrorismo independentista vasco.
Así lo han entendido entre las filas del independentismo criminal vasco, donde las palabras de Zapatero han sido recibidas, como no podía ser menos, con especial entusiasmo. Pernando Barrena, el mismo que reconocía en el macro-juicio contra el entramado terrorista que Batasuna ni condena ni repudia a ETA, ha alabado la declaración "de gran calado político" del presidente. Jamás habían tenido tan cerca la consecución de los objetivos por los que han matado a mil españoles, víctimas del terrorismo, a los que Zapatero ha tenido la desvergüenza de referirse en la misma declaración en que certifica que está dispuesto a reconocer, en papel sellado, la inutilidad de su sacrificio.
Parece mentira que haya que recordar a estas alturas que, como dijo Aznar en Durango hace unos días, "el crimen ni tiene que ser retribuido cuando se produce ni tiene que ser premiado cuando cesa". Zapatero no ha hecho otra cosa que retribuirles desde que llegó a Moncloa y, ahora, acaba de desvelar el premio que ha preparado. Todo sea por ser reelegido a lomos de una falsa "paz" sin libertad y por gobernar en Ajuria Enea pactando con la nueva marca de Batasuna.

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