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El hecho de que uno de los principales ataques terroristas contra Bombay haya sido un hotel en el que se encontraba la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha desviado –comprensiblemente– el foco de atención hacia su peripecia personal. Sin embargo, los atentados son suficientemente graves como para merecer un análisis propio.
Los terroristas han llevado a cabo una acción tremendamente sofisticada para lo que estamos acostumbrados, con varios ataques simultáneos capaces de poner en jaque a la policía india, que en el momento de cerrar esta edición, más de 48 horas después, aún no había logrado detener o abatir a todos los implicados. Esta operación paramilitar no puede improvisarse; requiere un entrenamiento y una planificación que no están al alcance de cualquiera. Y el objetivo de provocar el terror entre los habitantes de Bombay ha sido un éxito absoluto.
Así pues, al margen de los datos que tenga sobre la mesa, no cabe duda de que el Gobierno indio está ponderando las consecuencias políticas de que el atentado sea responsabilidad de un grupo doméstico o de uno apoyado por Pakistán. En el primer caso tendría que responder por la incapacidad de sus servicios de inteligencia para prevenir el ataque y proteger la seguridad del centro financiero del país, mientras que en el segundo puede agitar el sentimiento patriótico y actuar contra su vecino para demostrar que sí hace algo para defender a los indios.
Por tanto, habrá que estudiar atentamente las pruebas que pueda tener el Ejecutivo indio para acusar a Pakistán de los ataques, porque al margen de una eventual culpabilidad real, desde luego tiene todos los incentivos para echarle las culpas. Si el Gobierno de Islamabad responde, las consecuencias de que la situación degenere en un enfrentamiento militar entre dos potencias nucleares es, por tanto, muy alta, lo que convierte el problema en una preocupación global.
Ya en 2002, con el ataque contra el Parlamento indio, la escalada entre los dos países sólo pudo ser frenada con la intervención diplomática de Estados Unidos. Pero ahora, en un periodo de transición entre dos administraciones, es mucho más difícil que el gigante norteamericano pueda jugar este papel y casi imposible que los dos países implicados se tomen en serio otra mediación, como podría ser la de la Unión Europea.
Pero al margen de las posibles consecuencias políticas y militares, cabe recordar de nuevo una ausencia que se hace notar una y otra vez después de los atentados islamistas. El mundo occidental está más que dispuesto a creer que quienes apoyan estos ataques son una minoría dentro del mundo musulmán, pero el persistente silencio de los moderados debería hace dudar a cualquiera. Tras los miles y miles de víctimas del terrorismo islamista, ¿dónde están las manifestaciones de musulmanes moderados condenando los atentados y solidarizándose con los asesinados? Es el momento, la oportunidad –una más– de dar un paso al frente. Desgraciadamente, no podemos albergar muchas esperanzas al respecto.
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