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26-IX-2009

Un posado que hemos pagado entre todos

Si, como decía Revel, la mentira es la primera de las fuerzas que mueve el mundo, la hipocresía y el doble pensar no pueden irle mucho a la zaga. Nuestros políticos suelen promover reglamentaciones que luego ellos son los primeros en incumplir o en pretender que se les apliquen bajo numerosas excepciones. Conocido es el caso de la cada vez más radical persecución de los fumadores por parte, precisamente, del fumador de La Moncloa.

Salvando las distancias temáticas, lo mismo ha sucedido con el asunto de la foto de las hijas de Zapatero que ayer ocupó las portadas de todos los periódicos y fue la comidilla en todas las conversaciones. Cierto es que no deja de ser preocupante que un día antes de que se apruebe la que probablemente sea la mayor subida de impuestos de nuestra historia democrática, la mayor preocupación de los españoles girara en torno al posado de la familia Zapatero y, especialmente, a sus consideraciones estéticas.

Porque realmente la trascendencia política de la imagen no se encuentra en la foto en sí misma, sino en las circunstancias en las que se ha producido y en las que casi nadie está fijando su atención. Dice José Blanco que todo padre tiene derecho a proteger a sus hijos y que ello no exceptúa al presidente del Gobierno.

Pero esta proposición, en la que podemos estar en términos generales de acuerdo, se olvida del dato importante de que Zapatero ha tenido la oportunidad de proteger a sus hijas, pero no lo ha hecho. La fotografía de marras no ha sido obtenida por algún paparazzi en contra de la voluntad de los padres; más bien al contrario, fue el resultado de un posado en la recepción oficial del presidente de Estados Unidos en el Metropolitan Museum of Art. Si Zapatero no deseaba acabar con la privacidad de sus hijas, ¿por qué motivo las colocó delante de decenas de cámaras?

Es más, la cuestión realmente de fondo es si realmente tiene sentido que las hijas de un presidente del Gobierno le acompañen en un viaje oficial a costa de los impuestos de todos los ciudadanos. Si la figura de los consortes presidenciales ya resulta más que discutible –porque el pueblo elige al político, no a su cónyuge, y por consiguiente no debería verse obligado a sufragar ni sus gastos ni mucho menos sus caprichos–, la de los príncipes y las princesas ya es del todo inaceptable.

Ha sido Zapatero quien, pasando por encima del sentido común y sobre todo del respeto que merece el dinero de los españoles, ha convertido a sus hijas en personajes públicos. ¿O acaso esperaba que se fuera a mantener la privacidad en un acto público al que se acude gracias a los fondos públicos?

No tiene mucho sentido cargar las tintas contra la prensa y acusarla de romper un pacto tácito cuando el propio presidente del Gobierno parece haber incumplido siempre su pacto tácito de no abusar del poder político en beneficio propio (aunque en este caso haya sido en perjuicio de sus hijas). Simplemente interesa convertir la imprudencia de Zapatero en un atentado de la prensa contra los derechos de los menores que le permita exonerar su torpeza.

Y sin embargo, de nuevo pocos están apuntando hacia la fuerte contradicción que existe entre considerar a los menores de edad unas personas desvalidas que deben ser aisladas del entorno y, al mismo tiempo, extender su capacidad de obrar a cuestiones tan espinosas como las del aborto. Así, el próximo lunes comenzará a comercializarse en las farmacias la píldora del día después sin necesidad de receta médica y, más importante, sin que exista una edad mínima para adquirirla.

¿Son unas niñas lo suficientemente maduras como para abortar sin conocimiento de sus padres pero lo insuficientemente responsables como para afrontar las consecuencias de posar en un acto público cuya asistencia les hemos costeado todos los españoles?


 

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