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4-II-2003

Zapatero con la vieja Europa

La reiterada negativa del líder de la Oposición a prestar su apoyo político al Gobierno de España en un asunto de Estado tan importante como la reanudación de hostilidades contra Irak podría entenderse e incluso compartirse si, efectivamente, la iniciativa de EEUU y sus aliados tuviera algo que ver con un ataque preventivo, con una guerra de agresión unilateral o con una aventura imperialista al margen del derecho y la legalidad internacional contra un estado pacífico. Sin embargo, como no hemos dejado de reiterar en este diario, la intervención militar en Irak nada tiene que ver con ataques preventivos, con agresiones imperialistas o con oscuros intereses económicos.

Se trata, lisa y llanamente, de hacer valer la legalidad internacional, y en concreto, de garantizar el cumplimiento de las condiciones del armisticio de la Guerra del Golfo (que firmaron todos los países de la coalición, incluidos Francia, Alemania y, por supuesto, España, que entonces estaba gobernada por el PSOE), las cuales fueron reforzadas por la resolución 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU. Es decir, se trata de garantizar el desarme de Sadam Husein para que deje de ser una amenaza contra la paz y la seguridad internacional; y en estas circunstancias, la carga de la prueba de ese desarme cae del lado –como no podía ser de otro modo– de quien cometió la agresión, inició la guerra y tenía las armas de destrucción masiva en su poder. En consecuencia, la labor de los inspectores de la ONU no es buscar misiles con ojivas químicas, biológicas o nucleares en la inmensidad del desierto iraquí sino recibir las pruebas de que las armas químicas y biológicas detectadas en 1991 han sido destruidas y verificar, con la plena colaboración de las autoridades iraquíes, que no se han vuelto a fabricar armas similares. Pero Sadam –que ya expulsó a los inspectores en 1998 contraviniendo las condiciones del armisticio para readmitirlos cuatro años después obligado por la presión diplomática y por la amenaza de una intervención militar aliada–, no ha colaborado con los inspectores ni tampoco les ha facilitado las pruebas de la destrucción de su armamento.

Sin embargo Zapatero, que sigue sin ver “ningún argumento que justifique el ataque militar”, se permite distinguir entre la Guerra del Golfo y la situación actual afirmando sin ambages que no ha existido ninguna ruptura de la legalidad internacional por parte de Irak, pues esta vez no ha habido ninguna invasión territorial sino, según él, una decisión unilateral de EEUU. Como Schroeder (quien, por cierto, el lunes perdió las elecciones en los länder de Baja Sajonia y Renania, dos tradicionales feudos de la socialdemocracia) y Chirac, Zapatero se alinea con la vieja europa de Daladier y Camberlain, quienes por miedo a la impopularidad de la guerra entre los electores, permitieron que Hitler se armara hasta los dientes sin atreverse a invocar las cláusulas de desarme impuestas por el Tratado de Versalles a Alemania. De nada sirve, pues, formar coaliciones, firmar armisticios e imponer condiciones si luego no se está dispuesto a hacer ningún esfuerzo por garantizar su cumplimiento. Es más, resulta contraproducente por el mal ejemplo que ello supone para los tiranos del mundo con afanes belicistas y expansionistas, que sólo esperan un momento de debilidad de EEUU y sus aliados para hacer de las suyas.

Si algo ha demostrado la jactancia de líder de PSOE por haber negado tres veces su apoyo al gobierno de España en torno al problema de Irak es que, a la ausencia de una postura clara en torno a la cuestión nacional y a la inexistencia de un programa económico coherente y definido, Zapatero viene a añadir también la indefinición en materia de política internacional; un área donde, se supone, los principales partidos políticos han de compartir una serie de líneas de actuación y de principios mínimos, como el del mantenimiento de las alianzas y los pactos internacionales o el de la defensa de los intereses de España en el exterior.

Pero, como ya sucedió con la crisis de Marruecos, parece que Zapatero, con tal de hacer oposición, es capaz de oponerse al sentido común más pedestre aún a costa de los intereses nacionales. Y un partido cuyo programa es oponerse por sistema a todo lo que hace el Gobierno sin ofrecer alternativas creíbles es candidato perpetuo a la Oposición.

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