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La piedra del maximalismo

Ha llegado el momento de propiciar encuentros y reencuentros con –y entre– todos los que rechazan la aventura secesionista.

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No lo escribió un experto chino en artes bélicas en el siglo IV a. C., ni un especialista moderno en polemología o ciencia de la guerra. Lo repite la sabiduría popular desde que el mundo es mundo: "Cuida de no tropezar dos veces con la misma piedra". La sentencia es válida en todos los órdenes de la vida y, por lo tanto, también en política.

Demencia fratricida

Los tropiezos de España, a lo largo de su historia, han sido incontables, con las piedras más diversas. Pero hay una de la que por su magnitud, su proximidad y su naturaleza letal deberíamos precavernos con singular cuidado: la guerra civil. Afortunadamente, la ruptura que hoy nos castiga no llega, todavía, a tales extremos de demencia fratricida. Pero igualmente no estará de más extraer algunas lecciones de aquella hecatombe.

Una de estas lecciones, que será útil si deseamos preservar la cohesión nacional y nuestras libertades, concierne a la necesidad de que los partidos y los movimientos sociales comprometidos con la defensa de la convivencia dentro del marco constitucional depongan sectarismos y discriminaciones anacrónicas. No se trata de guisar una olla podrida como la que aglutina a los aliños secesionistas y la casquería antisistema, sino de sellar acuerdos constructivos en torno al eje de la racionalidad.

¿Por qué la evocación de la guerra civil? Porque un bando se condenó él solito a la derrota cuando sus integrantes se dividieron entre los que luchaban por la república y los que ambicionaban el triunfo de la revolución. Con el agravante de que los revolucionarios trotskistas combatían contra los revolucionarios estalinistas, alineándose con los revolucionarios anarquistas, o enfrentándose con estos, mientras todos ellos disputaban el poder a los socialistas de Prieto y los burgueses de Azaña. La derrota estaba cantada. La piedra del maximalismo con que tropezaban era descomunal.

Traidores y 'botiflers'

Hoy, los constitucionalistas debemos sacar las conclusiones apropiadas sobre los desastres a los que conducen las divisiones, aunque la situación no sea tan crítica. Volviendo a la olla podrida secesionista, hay algunos ingredientes que ahora descubren sus incompatibilidades con otros. Más aun: hubo nacionalistas que se negaron desde el principio a zambullirse en ella. Y quienes la denunciaron desde el vamos.

Ha llegado el momento de propiciar encuentros y reencuentros con –y entre– todos los que rechazan la aventura secesionista. La prueba de que cada nueva toma de posición contra el secesionismo debe ser bienvenida reside en que los empecinados acusan de traidores y botiflers a quienes se desengañan. No contábamos con Miquel Roca y Duran Lleida para devolver el castellano a la enseñanza. Para frenar el secesionismo, parece que sí contamos con ellos y sus acólitos. Cambiaron las tornas y cambia también el clima para el diálogo con los potenciales interlocutores civilizados y divorciados de los incorregiblemente atrabiliarios que todavía mandan.

Estos nouvinguts (a veces no tan nous) llegan con sus matices diferenciales, lo que no justifica apartarlos o imponerles juramentos de pureza de sangre. También entre los movimientos sociales opuestos al nacionalismo hubo y hay diferencias. Si no no serían tan numerosos, pero la necesidad los obliga a unirse. Pongo un ejemplo: sería una irresponsabilidad mayúscula menospreciar a Sociedad Civil Catalana, fogueada en la resistencia al secesionismo, porque su programa incluye la enseñanza del aranés, que muchos juzgan –juzgamos– absurda, por su impronta arcaizante y provinciana.

No es una herejía

En verdad, las disparidades que trae al bloque constitucionalista la incorporación de grupos desprendidos de CiU y afines debería interpretarse como un síntoma de crecimiento y no como un factor involutivo. Y lo mismo vale para los aportes del ala catalanista del Partido Popular. Leo un meduloso artículo de Josep Piqué ("¿Hacer política? ¿Qué política?", El Mundo, 27/12), implacable con el secesionismo, que ha sido injustamente maltratado desde el sector constitucionalista porque plantea algunas diferencias tácticas en la forma de enfrentar el alzamiento. Piqué, que encabezará junto con Francesc de Carreras y Josep Borrell un nuevo think tank sobre Cataluña (Crónica Global, 2/1/2017), critica que "la respuesta política al desafío independentista se ha limitado a la respuesta jurídica". Aprueba sin reservas esta respuesta jurídica, pero no la considera suficiente. No es una herejía que pida la respuesta política:

El nacionalismo catalán lleva décadas en un proceso de "construcción nacional" que, ahora, cree que ha llegado a un suficiente grado de maduración como para plantear seriamente la independencia. Y para ello ha utilizado tres palancas, sobre las cuales ha "hecho política". La primera es el sistema educativo. Y, en mi opinión, el principal error ha sido centrar el debate en la lengua y no en los contenidos educativos, sobre todo en Historia y Geografía. La segunda es la política de medios de comunicación, dejando que los medios públicos y privados subvencionados hayan contribuido, en contra de su obligación de reflejar la pluralidad de la sociedad catalana, a ese proceso de "construcción nacional", que se basa en el enaltecimiento de lo propio en contraposición a lo que se considera ajeno, es decir, la idea de España. Y tercero, la progresiva aceptación, implícita pero real, del "oscurecimiento" del Estado en Cataluña, de manera que en muchas zonas de su territorio, viven ya como si fueran independientes, puesto que la presencia de los símbolos estatales y/o nacionales españoles es inexistente.

Ojalá los dirigentes empresariales fueran tan explícitos. Después de ratificar que "la soberanía reside en el conjunto del pueblo español", Piqué concluye:

Lo más importante, a mi parecer, es hacer política de presencia de los símbolos y del sentimiento de España en Cataluña. Y que los catalanes que se sienten españoles, que aún son mayoritarios, no se sientan desamparados y faltos de arrope.

Barreras contra el secesionismo

Preocupa que, cuando el frente secesionista se resquebraja, e incluso la presidenta del Consejo Nacional de PDECat y de la Diputación de Barcelona, Mercè Conesa, pide "realismo" y admite la posibilidad de que no se celebre el referéndum y sí elecciones (El País, 17/12), quienes deberían contribuir a sumar fuerzas al constitucionalismo y no a restarlas pregunten, refiriéndose al hecho de que Piqué otorga más importancia a la enseñanza de la historia y la geografía de España que a la del castellano: "¿Es que ya han pactado que de los derechos lingüísticos castellanohablantes no se hable?"

Desde que empecé a escribir sobre política catalana, en 1982, nunca dejé de reivindicar la enseñanza del castellano en las escuelas de la comunidad autónoma, y seguiré reivindicándola, pero entiendo que un político o un estudioso pueda priorizar la importancia de las dos asignaturas que defiende Piqué, como barreras contra el secesionismo, sin despertar suspicacias descalificadoras. Escribe Pedro Antonio Heras Caballero en La España Raptada (Áltera, 2009):

Tenemos otros problemas relacionados con la división de nuestro sistema de enseñanza en diecisiete comunidades con –en la práctica– total libertad para enseñar lo que crean conveniente. Esta libertad aprovechada de forma sesgada y sectaria carece de controles y coordinaciones que limiten y pongan coto a un sistema que produce aberraciones transidas de excesivos localismos y particularismos en la enseñanza de las ciencias sociales y humanísticas en general, y en la historia en particular, en especial en aquellas Comunidades Autónomas en las que los nacionalismos niegan de forma orgánica y sistemática la existencia histórica de España como nación y como realidad y proyecto de futuro en común.

(…)

Para eso, han elaborado un discurso, lineal y monocorde, con afán globalizador para acotar y limitar los diversos espacios sociales, emocionales e histórico-políticos de la vida humana. Acotar, aislar, mutilar y empequeñecer –ese afán y ese deseo de fijar y achicar el campo real de la vida– de acuerdo con lo canónicamente nacionalista. Desafío totalitario para la sociedad abierta, que busca razones, ideas y no creencias, y desafío a la verdad histórica, aquella que más se aproxima a la realidad pasada y presente. Por eso, para los nacionalistas, el mito es necesario para deformar la realidad y hacerla irreconocible para los alumnos adoctrinados, sin pudor ni límites, en los valores y en el discurso nacionalista.

(…)

Por nuestra parte, nos hemos centrado en estudiar los textos de ciencias sociales e historia en el País Vasco y Cataluña. Lo hemos hecho así ya que son los ejemplos más reales de la situación arriba citada. No significa que el exceso de particularismo y narcisismo empobrecedor y estéril se limite exclusivamente a las autonomías estudiadas, País Vasco y Cataluña, pero es donde alcanzan los mayores despropósitos.

Cuando la enseñanza de la historia y la geografía de España esté garantizada en todas las escuelas de Cataluña, también lo estarán los derechos de los castellanohablantes… y de los catalanohablantes que quieran conocer a fondo el castellano para enriquecer su acervo cultural. Ya está demostrado que la piedra que obstruye el camino del progreso se llama maximalismo y que quienes tropiezan con ella salen derrotados. Se ruega no repetir la experiencia.

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