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Más grotesco que un sainete

Las supercherías que seducen a la masa autóctona domesticada por un aluvión de propaganda son desdeñables para los testigos bien informados.

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EFE

Llega un momento en que el observador que sigue las alternativas del proceso secesionista desde una atalaya racional se harta de refutar mentiras y necedades y de contrarrestarlas con argumentos bien fundamentados. Cede entonces a la tentación de poner punto final a la desigual controversia, ridiculizando a los lenguaraces de la charlotada y rebajándolos a la condición de protagonistas de un sainete. Esto fue lo que intenté hacer cuando caricaturicé a Artur Mas ("El Mas humillado", LD, 24/3) y a Carles Puigdemont ("El séquito del President", LD, 7/4). No imaginé entonces que, una vez más, la realidad superaría a la ficción, y que Carles Puigdemont confeccionaría un libreto más grotesco que el de un sainete, para relatarlo a un oyente crédulo que lo transmitiría como si de una verdad se tratara.

La megalomanía del President

Fue el funámbulo Antoni Puigverd quien, en un artículo apologético dedicado a su coterráneo Carles Puigdemont ("El hombre tranquilo", LV, 5/6), recogió, como si fuera auténtico, un episodio inverosímil que ni el humorista más hostil se habría atrevido a pergeñar en su sátira para burlarse de la megalomanía del President. La astracanada que el plumilla divulgó complacido consagró al excéntrico gobernante como promisorio cultivador del género bufo. He aquí la prueba de su desmadre imaginativo:

Puigdemont me habla también de la diplomacia política y de cómo, a menudo, la prepotencia de los funcionarios españoles en el bloqueo de las iniciativas políticas catalanas en el exterior produce un efecto rebote que favorece al Govern. Un día un alto personaje mundial los atendió muy bien y se despidió de ellos diciendo: "Sepan ustedes que los catalanes tienen la puerta de este despacho siempre abierta". Reflexionaba el presidente catalán: aquel ofrecimiento tan decidido solo tenía una explicación, la diplomacia española había sido tan imperativa con aquella personalidad extranjera, que el hombre había reaccionado exactamente en sentido contrario. "La mala educación se les vuelve en contra".

Si existe un equipo de vendedores trashumantes de mercancías taradas al que la prensa sigue los pasos con implacable perseverancia, ese es el que encabeza Carles Puigdemont. Y una entrevista de cualquiera de sus miembros con "un alto personaje mundial" habría sido el scoop de la temporada. En cambio, ya es rutinaria la información de que encuentran todas las puertas cerradas y de que las instituciones responsables no se cansan de exhortarlos a respetar las leyes.

Por supuesto, tampoco tiene nada de censurable que el Gobierno español cumpla con su deber de poner sobre aviso a las autoridades de la Comunidad Europea, para que no se dejen embaucar por impostores que se presentan con el pasaporte español –¿qué otro podrían exhibir para circular por el mundo?– con la aviesa intención de sembrar cizaña contra su país del que, les guste o no, son ciudadanos. Esta es la precaución que toman las compañías de gas y electricidad cuando también cumplen con el deber de aconsejar a los usuarios que no abran la puerta a falsos operarios que vienen a desvalijarlos. Los maleducados son los intrusos rapaces, no quienes los señalan con el dedo.

Supercherías desdeñables

De todos modos, el guion de la farsa urdida por Puigdemont para condimentar la hagiografía que le dedicó Puigverd no se tiene en pie. No solo porque es archisabido que ningún funcionario de alto, medio o bajo nivel los recibe a él y su séquito, sino porque parte de la falsa premisa de que esos funcionarios desconocen lo que sucede en Cataluña y son receptivos a cualquier patraña vertida por los engañabobos. No es así. Las supercherías que seducen a la masa autóctona domesticada por un aluvión de propaganda son desdeñables para los testigos bien informados.

Los chamanes del secesionismo proclaman que cuando un diplomático extranjero acude a sus simposios demuestra que el mundo está pendiente del proceso catalán. Su ignorancia de lo que sucede en el escenario global les oculta que los servicios de inteligencia de todos los países de primera línea están atentos a los fenómenos de descomposición que se registran en puntos sensibles del planeta. Y es precisamente esta patología contagiosa lo que concita el interés de los investigadores, que vienen a vigilar su evolución en el mismo foco séptico que ellos –los chamanes secesionistas– han generado.

Peligro insoslayable

La estolidez de los capos del secesionismo se puso de manifiesto cuando la Comisión de Venecia recordó al Govern, en un mensaje fulminante, "la necesidad de que cualquier referéndum se lleve a cabo en pleno cumplimiento con la Constitución y la legislación aplicable" (LV, 3/6). Y los amonestados esquivaron la bofetada y arguyeron que, "lejos de obviar el mensaje de la Generalitat o cerrar puertas, se ha dado una respuesta rápida con la que toman conocimiento del conflicto catalán". Toman conocimiento de él y os mandan a hacer puñetas, caraduras. Lluís Foix pone los puntos sobre las íes con reminiscencias orwellianas ("Las palabras y la política", LV, 8/6):

El president Puigdemont no ha leído bien la carta de la Comisión de Venecia o no la ha entendido como la mayoría de los mortales. El blanco es negro, proclaman desde el Ministerio de la Verdad en 1984.

Por si esto fuera poco, los servicios de inteligencia que nos vigilan, en buena hora, para protegernos de los yihadistas que se cuelan en nuestro medio mientras se discute qué papel desempeñarán los Mossos en el referéndum ilegal, esos servicios de inteligencia, repito, deben de enviar a sus centros de operaciones voluminosos dosieres sobre el otro peligro que amenaza a la sociedad emprendedora, culta y europeísta de Cataluña. Esos informes tienen que destacar, obligadamente, el hecho de que el Gobierno secesionista de Cataluña descansa sobre una mayoría precaria en la que el que asegura el voto de confianza, aprueba los presupuestos y dicta la hoja de ruta insurreccional es un partido antisistema, trufado de anarquismo y trotskismo, circundado por una tribu de jóvenes mamporreros. Un peligro insoslayable.

Dos tazas de democracia

Estos dosieres catalanes descansan, previsiblemente, junto a otros que analizan los componentes totalitarios de todos los movimientos estrafalarios que intoxican Europa y el mundo, como: a) los rupturistas padanos y flamencos, b) los populistas de extrema derecha y extrema izquierda y c) los neofascistas que gobiernan Hungría y Polonia.

El balance es que la astracanada que Puigverd insertó en su artículo, reproduciendo el relato inverosímil del imaginativo Puigdemont, no nos provoca risa, como sucede habitualmente cuando se escuchan bromas de ese género frívolo, porque en este caso la payasada encubre los planes trazados por un contubernio sedicioso para implantar en Cataluña un pucherazo referendario como el que blinda el poder de los Erdogan y los Maduro en sus feudos patrimoniales. El antídoto contra esta marabunta es el sistema parlamentario, que marcó el final de una dictadura y cerrará el paso a la que se está incubando en el huevo de la nueva serpiente.

Los histriones secesionistas alegan que el Gobierno les niega democracia. ¡Dos tazas de democracia para ellos, en forma de las legítimas papeletas electorales que estos hipócritas, desconectados de la UE, la ONU y el Estado de Derecho, proscriben sin escrúpulos! Una avalancha de papeletas en comicios limpios y se terminó la farsa.

PD: Todos los países, sin excepción, juzgan por traición a aquellos ciudadanos que buscan la complicidad de Gobiernos extranjeros para atentar contra la integridad de su patria. En los Estados totalitarios los ejecutan sumariamente. En los Estados democráticos les aplican las sanciones que fija el Código Penal con todas las garantías legales. Pero en ningún caso las sociedades, incluidas las más exquisitamente democráticas, dejan impunes los delitos de esta naturaleza.

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