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Contra la proporcionalidad

No existe el sistema electoral perfecto, pero constituye un error creer que la proporcionalidad es en todo caso preferible.

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Es corriente hoy en España patrocinar una reforma electoral que haga que nuestro sistema sea más proporcional. En las recientes elecciones catalanas, hay una generalizada frustración en el constitucionalismo a consecuencia de la mayoría absoluta alcanzada por los separatistas a pesar de haber obtenido algo menos del cincuenta por ciento de los votos. En el ámbito nacional, Ciudadanos exige un sistema electoral que haga que votar al tercer o cuarto partido en las provincias pequeñas, que eligen pocos diputados, no implique tirar el voto a la basura.

No existe el sistema electoral perfecto, pero constituye un error creer que la proporcionalidad es en todo caso preferible. El que la Cataluña rural pueda imponer un resultado electoral a los barceloneses por estar éstos infrarrepresentados puede parecer injusto. Como puede también serlo que 20.000 turolenses basten para elegir un diputado mientras en Madrid es necesario el respaldo de 80.000 votantes para conseguir lo mismo. Pero los sistemas proporcionales tienen gravísimos inconvenientes que superan con mucho a sus ventajas.

En un sistema proporcional, los territorios menos poblados carecerán de relevancia y los políticos tenderán a olvidar sus aspiraciones, preocupándose tan sólo de satisfacer las necesidades de quienes viven en territorios densamente poblados. Encima, los beneficios que pueden esperar obtener los partidos tercero y cuarto, detrás de los dos grandes de la derecha y de la izquierda, no serán los que ellos creen. En un sistema proporcional, muchos de los votantes que tienen ahora preferirán votar al quinto o sexto partido si sus programas reflejan mejor sus ideas.

Por último, la proporcionalidad, en este ambiente populista que padecemos, favorecería enormemente la obtención de representación a partidos que defienden una sola idea, aunque, eso sí, con mucha vehemencia. En un sistema proporcional, todos aquellos electores a los que preocupa un solo asunto muy por encima de todos los demás, como puede ser la protección de los animales, el cambio climático, la inmigración o el terrorismo islámico, votarán a partidos que reduzcan sus campañas a la cuestión que preocupe a esos electores. También obtendrían mejor representación los partidos extremistas en su conjunto. Y todo ello daría lugar a Parlamentos fragmentadísimos que abocarían a España a la ingobernabilidad crónica.

En realidad, defender la proporcionalidad en las elecciones, en la medida en que implica ofrecer al elector el espejismo de poder votar al partido con el que mejor se identifique liberándolo de la esclavitud del voto útil, es populismo de la peor especie. Implica vender la gobernabilidad de España a cambio de un puñado de escaños que ni siquiera es seguro que se obtengan. Si Ciudadanos considera que los resultados que obtiene son injustos, la solución no es reformar el sistema electoral para tener mejores resultados con los mismos votos. Lo que tiene que hacer es esforzarse por ganarse el respaldo mayoritario de los españoles y luego legítimamente beneficiarse del sistema y gobernar España con la deseable estabilidad. Así pues, no se trata de tener más escaños para influir más mientras se continúa siendo el tercer o cuarto partido, sino de hallar el modo de convertirse en uno de los dos primeros.

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