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La izquierda y el Papa

Ya se sabe que a los progres el Papa les da alferecía. El fenómeno es mucho más agudo en los países como el nuestro, de tradición católica.

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Ya se sabe que a los progres el Papa les da alferecía. El fenómeno es mucho más agudo en los países como el nuestro, de tradición católica. Aparentemente, todo es fruto de un anticlericalismo atávico, consecuencia del mucho poder temporal del que la Iglesia ha disfrutado. Así, durante la II República fue la izquierda la que se opuso al sufragio femenino, por creer que las mujeres votarían lo que el confesor les susurrara tras imponerles la penitencia. No sé si todavía hay mujeres u hombres que votan lo que les aconseja un cura, pero sí creo que su número no puede ser relevante.

Una muestra de la patología son las bromas que la izquierda gasta a cuenta de la Iglesia. Y qué mejor que hacerlas con ocasión de la renuncia de Benedicto XVI. No me refiero al puñado de feministas que han exhibido sus lolas en Notre Dame. Estoy pensando más bien en el comentario que, según la información de Libertad Digital, hizo la delegada de Personas Mayores francesa, que, por hacer una gracia, se quejó de que Bendicto XVI no le consultara antes de dar el trascendental paso. También pienso en François Hollande, quien, según la misma información, bromeó diciendo que Francia no presentará candidato. Ya quisieran los franceses que un compatriota suyo se sentara en la silla de Pedro. Y como nuestros socialistas no podían ser menos, Elena Valenciano se puso seria y dijo que respetaba profundamente la decisión del Papa, que es cosa que tranquilizó mucho al Santo Padre. Y luego, entre risitas, añadió que no era la dimisión que hubiera deseado.

¿Qué les pasa? Sostengo con vehemencia que, desde que nos impusieron a todos la idea de que aquí el único que tiene derecho a hacer caridad llamándola solidaridad es el Estado, los socialistas han llegado a la conclusión de que la Iglesia sobra porque les hace la competencia. La solidaridad es el pretexto que emplean para incautarse de más de la mitad de lo que ganamos. Si la Iglesia demuestra, tal y como hace todos los días, que con el poco dinero que le damos los fieles es capaz de hacer más de lo que hacen ellos con el mucho que nos requisan, cabe la posibilidad de que algunos pongamos en tela de juicio la utilidad de este Estado que, bajo la excusa de tener que atender a los más desfavorecidos, gasta a manos llenas nuestro dinero repartiéndolo entre amigos y socios de los políticos, cuando no entre los políticos mismos. Y la mejor forma de acabar con una institución de cualquier clase es ridiculizándola. Por eso cada vez que pasa algo relacionado con la Iglesia la reacción de la izquierda son las bromas y las risitas. Y lo ridículo es que personas de la talla intelectual de Hollande o Valenciano se rían de la gravísima decisión de un hombre al que no le llegan ni a la altura del zapato. Pobres ignaros.

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