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La reforma golpista turca

Erdogan tendrá todo el poder, pero ha perdido el amplio apoyo popular que supuestamente tenía.

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Recep Tayyip Erdogan | Cordon Press

Recep Tayyip Erdogan se dirá vencedor del referéndum y pondrá en marcha la reforma constitucional que acaba con la separación de poderes en Turquía y la convierte de facto en una dictadura posmoderna al estilo de la rusa o la venezolana, con una democracia tan sólo aparente donde el presidente controla todos los resortes del poder. Para llegar hasta ahí ha sido necesario imaginar un golpe de Estado, encarcelar a miles de personas y destituir a decenas de miles de funcionarios, sobre todo en el Ejército y en la Justicia. Desde 2014, a pesar de haber tenido que dejar de ser primer ministro por la limitación de mandatos y convertirse en presidente, con funciones en principio ornamentales, ha ostentado de facto todo el poder sin respetar la constitución vigente. No conforme con ello, ha convocado un referéndum para aprobar una reforma que traslada todos los poderes a la presidencia, o sea a él, y establece una nueva limitación de mandatos que le permitirá conservarla hasta 2029. Parte de la oposición está en la cárcel y los partidarios del "no" apenas han podido hacer campaña.

Pues bien, a pesar de todo eso y mucho más, Erdogan sólo ha conseguido sacar adelante su reforma golpista haciendo que los jueces den por válidos los votos contenidos en urnas sin precintar y para al final rebañar un escuálido 51%. No sólo, sino que ha perdido en Estambul y Ankara y en sus alrededores, además de en todos los distritos de la costa del Egeo, es decir, en las zonas más urbanizadas y cultas. El nuevo régimen islamista que se abre camino en Turquía tan sólo tiene el apoyo de los sectores más conservadores y atrasados de la sociedad. El hecho es especialmente notable si se tiene en cuenta que el partido de Erdogan, Justicia y Desarrollo, viene ganando regularmente en las elecciones celebradas en esas dos grandes ciudades.

Lo que pueda pasar a partir de este momento es imprevisible. Erdogan tendrá todo el poder, pero ha perdido el amplio apoyo popular que supuestamente tenía. Tal y como se está demostrando en Venezuela, las dictaduras posmodernas de democracia aparente sólo son capaces de sostenerse sin problemas cuando hay un considerable y genuino apoyo popular. La pérdida del mismo en las grandes zonas urbanas de Turquía augura serias dificultades en el futuro para el presidente islamista. No es de esperar ni mucho menos que Erdogan vaya a verse obligado a abandonar el poder, pero sí es probable que tenga que recurrir más que nunca a sus habituales tácticas para mantenerse en él, como es buscarse enemigos externos e internos a los que combatir, reales o imaginarios, sin preocuparse de cuánto pueda la caza de brujas desestabilizar al país. Erdogan consolidará su poder, sí, pero en una Turquía cada vez más inestable. No es el mejor de los panoramas para una débil Unión Europea siempre chantajeada con una posible crisis de refugiados sirios.

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