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La ruptura pendiente

La reforma, gracias a la cual se celebraron aquellas primeras elecciones democráticas, tenía un pecado original que la izquierda todavía no le ha perdonado.

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Lo ocurrido hace cuarenta años fue un milagro. Se celebraron unas elecciones democráticas tras una larguísima dictadura nacida de una cruel guerra civil. Y se celebraron sin necesidad de que se pasara por una revolución que hundiera el régimen anterior y diera a luz uno nuevo, y sin que hubiera más derramamiento de sangre que el provocado por los atentados terroristas. El que todo se hiciera pacíficamente fue debido en gran medida a eso, a que antes de procederse a la destrucción de lo que había se construyó un nuevo régimen genuinamente democrático. Si, como exigía el PSOE de entonces, se hubiera impuesto la ruptura a la reforma, el riesgo de que todo volviera a ahogarse en un baño de sangre hubiera sido mucho más elevado.

Sin embargo, la reforma gracias a la cual se celebraron aquellas primeras elecciones democráticas, a las que pudo concurrir libremente el Partido Comunista de España, tenía un pecado original que la izquierda todavía no le ha perdonado. Se trataba precisamente de eso, de que era una reforma de la dictadura y no una ruptura con ella. Es curioso que quienes más esfuerzos hicieron por sabotearla fueran los socialistas y no los comunistas. El PSOE sintió la necesidad de hacerse perdonar su irrelevancia durante la dictadura. Y la mejor forma de hacerlo era oponiéndose a la reforma. En cambio, los comunistas, sobrados de pedigrí opositor al franquismo, creyeron en la reforma por ser el modo que mejor garantizaba que nuestro enésimo intento por ser un país democrático no se fuera, como tantas veces antes, al garete.

Al final, el PSOE de Felipe González se avino a colaborar con la reforma de mala gana, prestándose a participar -a regañadientes- en las elecciones de junio de 1977. Sin embargo, el electorado premió a los más reacios a ella con el liderazgo de la oposición y el marchamo de futura alternativa al conglomerado de la derecha, que tendría que abandonar el Gobierno en pocos años para demostrar que el nuevo régimen era en efecto una democracia. En cambio, los comunistas, que habían padecido la persecución durante la dictadura y que asumieron disciplinadamente la necesidad de la reforma, fueron condenados por ese mismo electorado a ser nada más que meros figurantes en el régimen que tanto ayudaron a alumbrar.

El caso es que, ya fuera porque los socialistas se quedaron atascados en la ruptura o porque los comunistas no obtuvieron las recompensas que esperaban, toda la izquierda española se culpa de no haber en su momento impuesto la ruptura. Y ahora son muchos los que quieren hacer lo que en aquel entonces no se atrevieron, no quisieron o no pudieron hacer. Abusan de que hoy el riesgo de violencia es muy inferior y de que, por tanto, el dinamitado de un régimen y la creación de otro parece que puede hacerse sin aparente riesgo. Aparte de que una revolución siempre entraña peligro, por muy pacífica que vocacionalmente sea, está el que tendría por objeto imponer a media España un nuevo régimen en beneficio de la otra media. Y no está claro que los perjudicados se vayan a dejar.

Pueden alegar que el actual régimen, en la medida en que no es más que reforma del de la dictadura, conserva elementos de ésta, como su bandera y su himno, de los que muchos izquierdistas abominan. Pero es mentira. Para empezar, tanto la bandera como el himno son anteriores al franquismo. Que éste se apropiara de esos símbolos fue posible porque la Segunda República renegó de ellos, entre otras cosas, porque se trató de un régimen implantado por unos contra los otros. En cambio, la democracia del 78, inaugurada por las elecciones del 77, es un régimen fruto del compromiso de todos los españoles y no la consecuencia de que unos prevalecieran sobre los otros. Lo que parte de la izquierda desea, en cambio, es transformar el actual, heredero de un esfuerzo por superar la Guerra Civil y sus consecuencias, en otro que sea heredero directo de la Segunda República. De este modo volveríamos a tener un régimen más izquierdista que democrático.

Con independencia de cuán abominable pudiera ser tal régimen, los riesgos que conllevaría para la convivencia son obvios. Mientras, lo que sí está logrando la izquierda es beneficiarse de la necesidad de ser constantemente apaciguada, con lo que el régimen actual viene desde su origen derivando hacia otro donde premia la igualdad sobre la libertad, incluso cuando gobierna la derecha. A cambio la izquierda nos concede la gracia de conformarse con que la ruptura siga estando pendiente. Pendiente, pero no olvidada.

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