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Las protestas en Irán

La República Islámica no permitirá que la destruyan, pero cabe que se vea obligada a atemperar la agresividad de su política exterior. Si lo hace, cambiarán muchas cosas en Oriente Medio.

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EFE

En Occidente ya nos hemos acostumbrado a contemplar con indiferencia las protestas populares en los países islámicos. Hemos comprobado que o se trata de movimientos que buscan establecer otra clase de dictadura o carecen de fuerza suficiente para imponerse. Las que están teniendo lugar en Irán empezaron el pasado día 28 como minúsculos estallidos de ira que han acabado con muertos en las calles. Y ahora nos preguntamos si se extenderán o serán sofocadas por el régimen. Sin embargo, antes de ver en qué acaban, no está de más examinar el carácter algo diferente que tienen las de hoy.

Para empezar, el estallido se inició en el bastión conservador de Mashad. Aquí tiene amplio predicamento un líder religioso que es suegro de Ebrahim Raisí, candidato conservador que perdió las últimas elecciones ante el candidato reformista, Hasán Ruhaní. Esto permite concluir que las protestas tienen origen conservador, algo que podría verse confirmado por el hecho de que las mismas se dirigen contra las políticas económicas del Gobierno reformista. Es cierto que la economía iraní no va bien, a pesar de las inmensas reservas de petróleo y gas de las que dispone el país. Pero, aunque fuera real el origen conservador de las manifestaciones, el caso es que han terminado por tomar un camino inesperado al concentrar los ataques sobre la política exterior iraní, a la que los manifestantes hacen responsable de la carestía de la vida.

La acusación tiene fundamento. Irán tiene una agresiva política exterior gracias a la que espera convertirse en potencia hegemónica de Oriente Medio en perjuicio de sus rivales suníes. Sin embargo, sectores de la población perciben que el coste de las intervenciones en Irak o en Siria, de la influencia en Líbano, de la soterrada guerra con Israel y del enfrentamiento con Arabia Saudí lastra cualquier posibilidad de recuperación económica.

De manera que parece que lo que empezó siendo una protesta conservadora contra el Gobierno reformista, incapaz de materializar las ventajas del acuerdo nuclear con Estados Unidos, se ha transformado en una protesta contra la política exterior del régimen. La intervención del Líder Supremo, Alí Jamenei, al cabo de varios días de manifestaciones, prueba que, aunque ayer pudiera ser el Gobierno, lo que hoy se ve amenazado es el régimen.

Es muy difícil para cualquier país, incluso cuando se trata de una dictadura teocrática, sostener a largo plazo una política exterior que no tenga un suficiente respaldo popular. Puede darse por descontado que las protestas no acabarán con el régimen ni lograrán introducir en él reformas democráticas. Pero es posible que, si perseveran, moderen la política exterior iraní, si el Gobierno se ve obligado a canalizar parte de los fondos que hoy dedica a su política imperialista a mejorar el nivel de vida de la población. Viene enseguida a la mente el ejemplo de la URSS, que pagó con su existencia desoír el grito que exigía más mantequilla y menos cañones. La República Islámica no permitirá que la destruyan, pero cabe que se vea obligada a atemperar la agresividad de su política exterior. Si lo hace, cambiarán muchas cosas en Oriente Medio.

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