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Las elecciones europeas son unas elecciones de pacotilla. Sólo interesan contempladas como una macroencuesta para saber qué ocurriría en cada país miembro si se celebraran en ellos elecciones generales. En España, ni siquiera para eso valen, pues muchos electores aprovechan su escasa trascendencia para votar con las tripas e infligir un voto de castigo al partido de su natural preferencia a base de votar a cualquier otro o abstenerse sin más.
Sin embargo, curiosamente, las elecciones europeas que tendrán lugar en junio de este 2009 son extraordinariamente importantes para el PP de Rajoy. Lo serán por lo cuestionado que dentro del partido se encuentra su liderazgo. Una victoria holgada del PP consolidaría su posición como candidato a la presidencia del Gobierno en 2012. Una derrota abriría en la práctica el proceso de sucesión.
El problema es que Rajoy no puede encabezar la lista de las europeas y ver con qué respaldo cuenta entre el electorado español. Necesitaría encontrar un nombre que representara bien al marianismo. Y he aquí la cuestión, que la capacidad de liderazgo de Rajoy es tan pobre que no hay nadie, entre las grandes figuras del PP, que pueda llamarse inequívocamente marianista. ¿Por qué? Pues porque el marianismo no existe. A lo que Rajoy se apuntó tras perder en 2004 es en realidad el gallardonismo. Por eso, el cabeza de lista ideal para las europeas de 2009 es Alberto Ruiz Gallardón. Ahora bien, Rajoy se ha hecho tan gallardonita que ha terminado por no convenirle que sea Gallardón el que encabece la lista del PP en las europeas. Si ganara, sería obvio que un victorioso PP gallardonita debería ser liderado por Gallardón, y no por un sucedáneo, converso de última hora, que es lo que Rajoy es. Y, si perdiera, la derrota no sólo lo sería de Gallardón, sino que también ensuciaría a Rajoy, por ser quien lo puso al frente de la lista.
En estas condiciones, Rajoy está sopesando volver a presentar a su anterior cabeza de lista, Jaime Mayor Oreja. El problema de Mayor es que representa al sector crítico del actual PP. Esto quiere decir que, si perdiera, sería una derrota de Mayor, pero también lo sería de Rajoy. La sucesión se abriría y el gallego no tendría otro consuelo que el de haber cortocircuitado la candidatura del propio Mayor a la sucesión, pero no la de una Esperanza Aguirre, un Rodrigo Rato o la del mismísimo José María Aznar. Y, si Mayor Oreja ganara, la victoria no sería de Rajoy, sino de los que, dentro del partido, se oponen a su blanda actitud hacia el PSOE y sus políticas.
En resumen, a la hora de elegir candidato, Rajoy parece que sólo dispone de dos opciones: la sartén o las brasas, lo malo o lo peor. No debería culpar a las circunstancias ni a la mala suerte. Se ve en éstas por no haber sabido o querido liderar el partido de la gente que piensa como él con sus ideas y sus principios. Ahora ya es tarde para casi todo y resulta que, sea quien sea su cabeza de lista y sea cual sea el resultado que consiga en las europeas, a él sólo le espera perder. Quizá la única solución que le quepa sea la de presentar a la única marianista conocida, Soraya Sáenz de Santamaría. Si se deja.

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