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La decadencia económica de Cataluña

Cataluña está demostrando que carece de cintura para adecuarse a las nuevas circunstancias. En lugar de promover, y de haber promovido, la liberalización y la competitividad de su economía, apostó por un modelo de dependencia del sector público.

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El cierre de la fábrica de Yamaha en Cataluña y la marcha de Derbi a Italia son los dos últimos síntomas de los graves problemas que aquejan a la economía catalana y que llevan tiempo provocando su decadencia. Un declive que ilustran a la perfección las siguientes cifras: hace pocos años, la región aportaba más del 20% al PIB español; hoy apenas llega al 18% y la Comunidad de Madrid ya la supera ligeramente. Además, en Madrid, hay un millón menos de ocupados que en Cataluña, lo que revela que los madrileños son más productivos y, por tanto, que las empresas instaladas en la Villa y Corte y su región son más competitivas y tienen más futuro que las catalanas.

¿Por qué esa decadencia de la otrora región puntera de la economía española? En primer lugar, porque se equivocaron de estrategia. Desde que Cataluña accedió a la autonomía, el Gobierno de la Generalitat apostó por convertir a la región en sede de multinacionales que se quisieran instalar en España y especializar a las empresas catalanas en auxiliares de las mismas para la provisión de bienes intermedios y finales, así como de servicios. Cataluña no quiso arriesgar impulsando y modernizando una industria propia, sino que quiso que fueran las multinacionales las que tiraran de su proceso de desarrollo económico, como hacen los países tercermundistas, y hoy paga las consecuencias porque el mundo ha cambiado radicalmente en los últimos 30 años: la globalización es una realidad palpable, en la Unión Europea tenemos muchos competidores y la ventaja comparativa de que disfrutaba no sólo Cataluña, sino el conjunto de España, en forma de costes salariales menores para una mano de obra relativamente bien cualificada se ha volatilizado con la entrada en lid de los países emergentes. El resultado es la marcha, no sólo, de los fabricantes de motocicletas. Antes también se han ido los de telefonía móvil, electrónica de consumo y muchos otros que ya no encuentran ventajas en seguir en Cataluña, a los cuales les van a seguir los laboratorios farmacéuticos.

Cataluña está demostrando que carece de cintura para adecuarse a las nuevas circunstancias. En lugar de promover, y de haber promovido, la liberalización y la competitividad de su economía, apostó y sigue apostando por un modelo de dependencia tanto de otras empresas como del sector público, sus regulaciones y sus ayudas y se ha convertido en una economía esclerotizada. En la empresas catalana no prima la innovación, sino el seguir haciendo lo de siempre y tratar de colocar su producción en las economías emergentes, sin darse cuenta de que sus rivales o bien incorporan tecnologías más avanzadas que hacen que sus productos sean más competitivos o, simplemente, más atractivos, o bien fabrican en esos mismos países emergentes, donde los costes laborales son sensiblemente inferiores. Así no se puede competir, se mire como se mire.

Para complicar más las cosas, el modelo económico catalán no aguanta, ni de lejos, la política secesionista, incluida la inmersión lingüística, en que se embarcaron sus líderes políticos desde que el tripartito llegó al poder y que continúa con el Gobierno de Artur Mas. Las multinacionales que en las décadas de los setenta y ochenta se instalaron en Cataluña lo hicieron porque era parte de España y su interés estaba en el mercado español. Hoy, esas multinacionales, lo mismo que miles de pequeñas y medianas empresas españolas, abandonan Cataluña en busca de otros territorios en los que ni se cuestione la españolidad de los mismos, ni se les obligue a incurrir en todos los costes que lleva asociado el catalanismo a ultranza del que hacen gala los distintos partidos que han ocupado en los últimos años el Gobierno de la Generalitat. El nacionalismo tiene un coste y, les guste o no a los nacionalistas catalanes, parte de la factura se paga en forma de decadencia económica.

Por último, y en contra de las tendencias en las últimas décadas de las principales economías mundiales, los dirigentes catalanes no han apostado por la flexibilidad de su estructura productiva, como generadora de incentivos para la modernización y la competitividad, sino por el más rancio estatismo en su vertiente regional. Y digo ‘rancio’ porque en Cataluña se ha instalado toda una tupida red de clientelismos políticos, en unos casos a golpe de proteccionismo y en otros con cargo al erario catalán –por algo tienen el mayor gasto público por habitante de España–, que recuerdan en muchos aspectos a los sistemas caciquiles de la España de la Restauración, que tan caros resultaron al desarrollo socioeconómico del país. En Cataluña no han aprendido la lección de la historia y así les va.

Les guste o no, Cataluña se desliza por la pendiente de la decadencia, tanto por razones económicas como por factores políticos y nadie, excepto ellos mismos, puede revertir el proceso. Pero para ello hacen falta que abandonen unas posiciones políticas cada vez más extremas y, además, que renuncien a su proteccionismo secular para abrazar actitudes más liberales. Las autonomías españolas que apuestan por ello, como Madrid, Navarra y La Rioja no sólo prosperan, sino que se van situando paso a paso en la vanguardia de la Unión Europea. Esa vanguardia en la que, en un tiempo que se antoja ya lejano, estuvo una Cataluña hoy inmersa en un proceso de decadencia que se niega a reconocer y del que trata de salvarse pretendiendo colonizar al resto del país.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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